Tal vez, algún día, anciana y satisfecha, pueda decirle al espejo: ¡qué hermosos momentos aquellos! ¡qué precio tan pequeño por tocar el cielo! Gocé, viví, eso basta. Tal vez, algún día;
de momento, por ahora, tu recuerdo es un murmullo de insectos en mi seno, un ruido de gusanos royendo entrañas, unos ojos vacíos de alma, moscas azules en tu boca falsa;
de momento, y por ahora, ¡cuán cruel es el olvido! ¡cuán amargo apurar su copa!
A través de los ventanales desnudos una luz gris de amanecer frío iba bañando poco a poco la estancia dejando a su paso el claro relieve de los objetos que allí había. La suite -dormitorio, sala de estar y un gran baño-, era de un lujo exquisito aunque algo ostentoso. Gruesas alfombras cubrían el suelo de madera pulida, aquí y allá pequeños detalles daban cuenta del gusto exquisito del propietario, delicadas lámparas de suaves formas, muebles de estilo, una chimenea elegante en su sencillez, bellas pinturas en las paredes, algunas tan modernistas que resultaban atrevidas para la moral de la época. Por fortuna, ninguna de sus respetables amistades entraría nunca en aquella estancia, las habitaciones privadas de Pepe Cruz en la casa familiar eran eso, privadas, y se respetaban, con más razón desde que volvió de Rusia. El fuego que ya jugaba en la chimenea a tan temprana hora caldeaba la estancia innecesariamente pues los radiadores escupían un calor que se podría calificar de agobiante, Pepe Cruz, hombre del sur, abominaba de aquellos noviembres de Madrid, cuando el frío, la lluvia y el viento parecían conjurarse contra la ciudad y sus habitantes.
Al pie de una de las ventanas, frente a la Puerta de Alcalá, Pepe se hallaba tumbado, insomne, en la cama aún caliente por el peso y el aroma de su última visitante, la nueva criada, recién llegada de un pueblo de Toledo -le había contado mientras se desnudaba azorada-, de nombre impronunciable, el pueblo y la criada. Por supuesto la chica no era virgen. Ninguna lo era ya, algo que indignaba a Pepe en lo más profundo de su ser. No habíamos hecho una guerra para que la moral del pueblo siguiera tan disoluta como siempre fuera, de manera que ya no era uno capaz de encontrar muchachas vírgenes a las que iniciar. Todas contaban la misma historia, que si el marido de la señora, que si el señorito de la finca, que si el amigo del señor. Excusas baratas, como si él no supiera bien que si ellas no hubieran querido ir a la cama a revolcarse con las clases altas nada hubiera pasado. ¡Pero si él conocía de casos que hasta ellas mismas provocaban al dueño de familia, buscando conseguir vete tú a saber qué favores! a hombres que amaban a sus familias y respetaban los valores, cómo si no fuera la misma gente de bien la única que sabía valorar la virtud por encima de cualquier otra cosa. Pues bien, este hecho tan sencillo parecía imposible de inculcar en las mentes del pueblo. Además, si se había tenido un error, y todos somos humanos, siempre quedaba la oportunidad de servir en otras casas, si una era trabajadora y no pedía mucho no hacía falta ninguna buena referencia de nadie.
Se sentía inquieto. Ni siquiera la tanda de azotes furiosos con que obsequió a la muchacha había conseguido calmarlo. Al principio creyó que sí, que las lágrimas de la joven conseguirían evaporar el enfado por su falta de virginidad, incluso le pareció que hasta le calmarían ese ansía intolerable que se había apoderado de él desde la noche de la muerte de Lupe. Vana esperanza, ese llanto no sirvió de nada, al poco la muchacha se sumió en una especie de babia y él se limitó a penetrarla una y otra vez mientras no dejaba de pensar en Clara y el dulce abandono al placer que el dolor le provocaba.
Desde luego pensar en Clara era lo menos indicado para sus nervios torturados. No se lo iba a negar a solas, la echaba de menos. A veces, de una manera que le sorprendía, se encontraba recordando la noche que la conoció y el aire desvalido, de perra apaleada más bien, con que le miró, huidiza, cuando Lupe les presentó. Parecía gritar que deseaba pertenecer a alguien, a algún lugar y eso es lo que él le había dado. El sitio de Clara estuvo donde estaba él desde ese primer instante y así debería haber seguido siendo si Lupe no hubiera empezado con sus tonterías y sus celos absurdos, pidiéndole demostraciones de vete a saber qué, insistencias que habían terminado por agotar la paciencia de Pepe.
Un año ya que no la veía y, aunque el caso en sí había dejado de preocuparle, la insistente negativa de ese maldito doctor Linden en no permitirle visitas le tenía enervado. Necesitaba verla, saber si de verdad se había vuelto loca o era una de esas cabezonadas que de vez en cuando tenía: no hablar de lo que veía, ni de lo que sabía, ni de nada, si a él le ponía de los nervios aquella actitud no quería ni imaginar al mediquito. Una de las enfermeras, hija de un eminente general, le tenía al tanto, por lo visto la paciente le había caído en gracia al dichoso Linden aunque hasta el momento no había dicho ni Pamplona. Había tenido que acostarse con ella y recetarle esas pastillas a las que se había habituado, después de una de las cuales empezó a hablar de la asesina del hospital y no había parado hasta que Pepe la dejó en casa de papá. La muy tonta creía que, con un padre que entraba y salía de Meirás como Pedro por su casa, podría hacer de Pepe de la Cruz su marido y él desde luego no la desengañaba, no era de esos a los que les gusta hacer daño sin necesidad y mucho menos cuando la mujer podía ser tan útil como informadora. Seguro que mejor que como enfermera, le constaba que no sabía ni cómo poner una inyección, pero, bueno, era una señorita abnegada y con buena voluntad, fina aunque un poco tonta y al fin y al cabo aquel hospital era para gente pobre. Bastante que el Estado se preocupaba por ellos, para que luego criticaran al Régimen. La mayoría de los pobres eran rojos y, ya se sabía por los estudios del eminente psiquiatra Vallejo, los rojos tenían algo en el cerebro que los hacía rebeldes contra el orden establecido. Gente violenta, sin más valores que un plato de comida caliente y un colchón donde tumbarse.
No aguantaba en la cama, así que se incorporó para servirse una taza de café del servicio ya dispuesto en la pequeña mesa situada al lado de la chimenea. Clara adoraba esa mesa, cómo la acariciaba, con aquellos dedos pequeños y trabajados, puro ébano – le enseñaba él, paciente-, traída de Alemania. Se callaba, eso sí, que alguien del pelotón de fusilamiento le aseguró que había pertenecido al judío francés al que acababa de dar el tiro de gracia. La pieza, elegante en sí misma gracias a la belleza de la propia madera, de un brillo puro y antiguo, había sido labrada por las manos de un maestro ebanista del s. XIX. Una joya, vamos, y al fin y al cabo, sin aquel tiro, el judío hubiera sufrido una cruel agonía. Nadie sobrevivía a un pelotón de fusilamiento, ni siquiera esos putos demócratas. La vida no es justa así que, a veces, es la piedad la que obliga a tratar a los hombres como a los animales, también él había tenido que matar con su propia escopeta al caballo fiel de su adolescencia, y eso sí que le dolió de veras. Si se pensaba bien era un acto de justicia que se quedara con aquel mueble, como buen médico había dado una muerte rápida a su propietario, además, nadie hubiera entendido como él la belleza que se escondía tras aquellas formas preciosas.
Nadie no. Clara, a pesar de sus orígenes, también había sabido ver aquella belleza. Clara, Clara. Clara llena de rincones. Clara llena de sorpresas. Había movido todos sus contactos en la policía, que no eran pocos, sin hacer mucho ruido no fuera a levantar sospechas, pero nada había conseguido. Clara estaba bajo tratamiento médico y solo el doctor Linden podía autorizar las visitas. Pepe se había informado sobre el dichoso doctor: hijo de uno de esos idealistas europeos, un demócrata, amante del sufragio universal y los derechos humanos y siempre presto a luchar contra el nuevo orden que avanzó sobre Europa hace 20 años y que de tan poco sirvieron contra el triunfo de ese nuevo mundo en España. El problema del doctor era su madre, intimísima de doña Carmen, así que lo último que le interesaba a Pepe era que el propio Franco se preguntara por el interés de un Cruz por una vulgar asesina, y más sabiendo cómo se las gastaba el General.
Solo le quedaba esperar. Esperar a que sus presiones para que el amigo juez dictara cuanto antes fecha del juicio surtieran efecto. Esperar a que a nadie se le ocurriera preguntar por el informe de la autopsia. Esperar que Clara no empezara a hablar sin que estuviera él delante. Justo lo que Pepe no soportaba. Esperar. Respiró hondo, aquel asunto debía ser olvidado cuanto antes. Si todo salía bien, como esperaba –otra vez la palabrita-, él, todo un caballero cristiano, intercedería a favor de Clara, pagaría su tratamiento, incluso la alojaría en su propia casa, a su merced, bajo su tutela. El doctor Pepe Cruz era un héroe de la Patria. El doctor Pepe Cruz era un eminente cirujano, respetado y querido. Esos pensamientos le llenaron de seguridad y, ¿por qué no decirlo?, de alegría ante la esperanza de volver a tener a Clara a su lado, en silencio, a sus pies.
Sí, todo saldría bien a pesar de todo.
Llamaría a Marlene, pero esta vez le exigiría que la chica fuera virgen, virgen de verdad. La alcahueta era muy chapucera a veces y le traía material averiado, aunque, en honor a la verdad, las jóvenes siempre se sorprendían con sus prácticas, lo que hablaba bien de Marlene. Eso sí lo valoraba, puede que las chicas no estuvieran intactas pero eran inocentes y por eso la perdonaba, pero además tenía muy en cuenta su discreción, la conocía hacía años y nunca había tenido que arrepentirse.
Más tranquilo después de la llamada, el hombre volvió a reclinarse en la cama. Cogió el periódico, la tinta ya no mancharía sus manos. Leyó sin interés. Como en los últimos veinte años, España vivía tranquila, gracias a Dios.
Cae la tarde con su aliento de belleza y angustia, un dios de bronce besa mi seno (dorado eco de otros regazos), sombras en el rostro y dos lunas opacas, ajenas ya a encantamientos.
Lejos, detrás de las ventanas, más allá de las antenas, (monstruos amenazantes de acero y codicia), lejos de los ruidos tóxicos, de los vapores tóxicos, de las palabras envenenadas de los políticos cicateros,
lejos de las prisas con minutero en podridos subterráneos (topos ciegos corriendo en un círculo alocado)
Lejos, allá lejos, el sol muere de nuevo.
Fanny Herreray sus versos en laSALA BUKOWSKI, de Madrid, el próximo 1 de octubre de 2009, a las 21,00 horas
Ya en la calle Linden se subió las solapas de la gabardina hasta las orejas, rezongando por el horrible clima de esta ciudad en la que el frío llegaba a hacerse insoportable. Era esa hora de la madrugada cuando la noche es más oscura, justo el momento que antecede al alba y eran pocos todavía los que buscaban la Gran Vía, perdón, Excelentísimo, se dijo Jaime con ironía, la avenida de José Antonio, que así fue rebautizada por los vencedores. Vencedores como los dos oficiales que echaban el último cigarro frente al portal de Lina y con los que apenas unas horas antes había tomado unas copas de jerez –en la cristalería que Lina guardaba para los clientes más apreciados-, mientras esperaban la aparición de las chicas en la sala. Bueno, esperaban ellos, el comandante y su coronel, porque lo que es él no se comía un rosco en esa casa desde que parecía más un tío anciano de América que un putero como antes, como siempre había sido. Y es que desde que se encontró aquella noche a Lina, rota en pedazos, nunca más pudo considerar aquella casa un burdel, bien al contrario, por extraño que parezca, fue a partir de esa noche que aquel piso comenzó a ser parte de su vida, a considerarlo su hogar. Nunca más habían hablado Lina y él de aquello y, sin embargo, el lazo que los unía se había hecho más visible y más fuerte. Era Jaime quien se sentía agradecido a Lina por abrirle su corazón sin pedirle nada a cambio, por confiar en él, por darle las llaves de su casa sin pregunta alguna.
Al principio sí que lo pasaba bomba, recién acabada la carrera, cuando el horror por el estudio de aquellos experimentos en la cátedra de Psiquiatría aún no había tomado forma en su mente, cuando aún era un joven mimado y protegido y cuando aún quería seguir siéndolo. Entonces sí que disfrutó de todas las chicas que pasaban por la casa, sabiendo que Lina le apreciaba y que, quizás por eso, quizás para asegurarle como cliente, o contacto, o sabe dios, le hacía un precio especial, rebaja que luego cargaba sobre otros, sobre estos dos, por ejemplo, que fumaban mientras soltaban las risotadas que les producían sus últimas hazañas sexuales, las bélicas ya se las habían contado mientras esperaban. El caso es que uno de ellos no era mala persona, hasta parecía que se avergonzaba de las baladronadas del otro, el coronel que no paraba de jugar con el arma con la que, por lo visto, había matado a unos cuantos rojos en los primeros días de la sublevación, allá por la Universitaria.
Cuando oyó aquello Linden contuvo el aliento, en la Facultad de Filosofía habían muerto en esos días algunos amigos de su padre, el otro doctor Linden, un humilde profesor de neurología en la Facultad de Medicina, todo ello, humilde y profesor, por amor a una noble española. El doctor Gabriel Linden, el apasionado seguidor de Freud, el danés rubio, grande y apasionado que vino a España atraído por las historias que se contaban sobre los ideales de la izquierda española y fue para quedarse, hechizado por el calor, el vino y las mujeres. El encantamiento fue tal que al final se casó con una de ellas, no sin antes preñarla eso sí, aunque tuvo mal ojo, porque la señorita de las Fuentes, marquesa de Gredos, era muy guapa sí, pero tenía poco dinero y, lo peor, mucho miedo.
Jaime no había olvidado el día en que su padre les dijo muy serio, muy distinto, que debían irse a París y refugiarse en la embajada de Dinamarca. Él no era bien visto por los golpistas, lo había notado en las miradas que le dirigían los compañeros, por no hablar del catedrático del Departamento, y ahora que habían vencido no dudarían en ir a por todos aquellos que de alguna manera se habían significado en el apoyo a la República, y de poco le valdría a Gabriel su matrimonio, los suegros, tan de buena familia, tan señores, jamás habían aprobado aquel enlace y su mujer, débil, la siempre niña, tampoco había sabido defenderse de aquellos cuervos. Así, María José, marquesa de Gredos, la frágil esposa de un modesto profesor, fue cayendo poco a poco, y después del parto difícil de Jaime ya con rotundidad, en las garras de su madre, la vieja señora, la abuela de Jaime, la que daba tanto miedo. Todos ellos, tal vez incluso su propia mujer, deseaban la desaparición de Gabriel, de la manera que fuera, con cualquier excusa, lo que no hacía falta ya que, Jaime lo intuía a pesar de su corta edad, su padre hasta había estado pegando tiros, que el niño bien sabía de la existencia de la pistola por murmullos, ruidos de cajones, pequeñas llaves ocultas. Supo que su padre se iba porque lo vio en sus ojos rojos, en sus labios húmedos, en el rictus de las comisuras, en aquella horrible expresión que nunca antes le había visto en la cara. El sólido Gabriel, la piedra sobre la que se asentaba su corta vida, había estado llorando y eso descompuso su pequeño mundo de 10 años. Hasta entonces solo su madre lloraba.
La señora marquesa se negó a marcharse, -ahora que, por fin, habían ganado los responsables, los decentes, la gente seria y formal, se iba a ir ella de España-, incluso intentó convencerle para que se quedara, tan solo tendría que firmar un documento y su padre, y sus influencias, conseguirían el olvido de sus “pecados”, así los llamó: pecados. Fue entonces cuando Gabriel miró a su hijo, poniéndose a su altura, y le dijo, muy bajito, con una voz muy rara, que él debía ser ahora el fuerte y cuidar de su madre y, mientras lo decía, deslizó un papel entre los pequeños dedos de su hijo. Jaime aún conservaba aquella nota bien dobladita dentro de su cartera, ya amarillenta después de casi 20 años. Luego le besó, un beso largo y prieto que aún le quemaba, y se dio media vuelta, todavía podía recordar el cosquilleo del bigote de su padre sobre las mejillas. No miró atrás ni un solo momento. María José de las Fuentes, marquesa de Gredos, rompió a llorar, más fuerte todavía, allí, sentada en su silla Luis XVI y rodeada de los tapices familiares, más poderosos que aquel neurólogo chiflado, seguidor de las teorías de Freud, que un día no lejano la enamoró como nunca nadie jamás lo haría. Quizás lloraba por eso, nada duele más que el tiempo que quedó perdido.
Fue en la plaza del Callao, recordando aquellos horribles tapices de la casa familiar donde su madre vivía recluida, cuando las preguntas afloraron en cascada: ¿qué habría sido de la herencia de Lupe Losada?, ¿tendría algún familiar cercano?, seguro que una chica tan joven no había hecho testamento, con tan solo 21 años ni siquiera era mayor de edad, y debía disfrutar de una posición holgada, de eso no cabía duda, Antonio Losada era conocido en los círculos más respetables de Madrid como un próspero comerciante y un hombre discreto, le habrían nombrado algún tutor, ¿algún familiar?, ¿algún amigo?, ¿tendría algo qué decir el doctor Cruz de esto?
Seguro que Soto le sería de ayuda, el viejo Soto, el primer amigo que tuvo en la policía, el que le dejó claro desde el principio que su posición de marquesito no era nada al lado de contar con el apoyo del Régimen, y más con sus antecedentes paternos, y, sin embargo, se lo dijo con tal franqueza, con tal claridad, que a Jaime le gustó desde el principio. Mientras que cualquier otro se lo hubiera demostrado humillándole delante de los compañeros, Soto había preferido decírselo en privado, y la advertencia ni siquiera era mentira. Con la experiencia en el Cuerpo Jaime tuvo tiempo de caer en la cuenta de que aquello fue un consejo más que una amenaza, que lo que había hecho era advertirle de lo difícil que sería su vida profesional en la Policía franquista si no tenía bien asumidas algunas cosas.
A esta hora Soto estaría saliendo de su casa de Desengaño para irse a Gobernación. Jaime sonrió, el comisario era un gran aficionado a los dulces, no le haría ascos a un desayuno en San Ginés. En aquella España una invitación a desayunar chocolate caliente y churros recién hechos todavía era capaz de desatar las lenguas con más facilidad que el más exquisito de los vinos.
La Gran Vía comenzaba a llenarse de gente camino del trabajo, o saliendo de los burdeles. Callao era un griterío de chavales, apenas 8 años en sus caritas de hambre, repartiéndose los periódicos, pies menudos y sucios envueltos en gastados zapatos, pequeños soldados de mil caminatas sorteando las zanjas y más zanjas que invadían las aceras como sombras fantasmagóricas de una guerra maldita, condenada a no ser olvidada jamás. Corrían hacia Alcalá, camino de los barrios prósperos, quizás alguno de aquellos periódicos sería el que leería su madre un poco más tarde, el mismo que le sería entregado por su doncella en la bandeja de plata de vete a saber tú de qué siglo. La plaza olía al anís y al orujo del café de los obreros de todas las edades que cerraban y abrían socavones, reconstruyendo a toda prisa, intentando el olvido de cuánto dolor y destrucción puede albergar el corazón humano.
A esa misma hora Marlene hacía caja después de despedir a los últimos clientes. Trabajaba en su pequeño despacho, un cuartito que se había habilitado al lado de la cocina, en silencio, contando y anotando en su pequeña libreta de cuero negro, regalo de un viejo amigo. Le gustaba ese momento, cuando ya no quedaba en la casa más que los últimos ruidos de las chicas en el baño o gimoteando en la cama antes de caer rendidas. Aquel sonido la tranquilizaba, le recordaba todo el sacrificio que había tenido que hacer desde las casuchas del Matadero, cuando solo era la Paqui, hasta llegar donde estaba. Aquel llanto era el símbolo de su poder, el poder que empezó a construir cuando comprendió, bien joven, que el negocio del mercado de Legazpi no eran las frutas sino los vicios de los estraperlistas que, en los años que siguieron al fin del Alzamiento, campaban por sus fueros en las lonjas. Bueno, el llanto y los billetes que Romero, el secretario de Estado con aquellos instintos tan peculiares, le había dejado caer sobre su túnica “de trabajo”, la roja y negra, aquella misma noche.
Fue entonces cuando sonó el teléfono. Al otro lado escuchó una voz bien conocida, ansiosa, distinguida. Era la voz de uno de sus cómplices -Marlene jamás se hubiera pronunciado a sí misma la palabra alcahueta para definirse-, su cómplice más fiable, el que nunca fallaba. Le respondió con una sonrisa tranquilizadora: claro que sí, comprendo que estés nervioso, ¿cómo no lo voy a comprender?, por eso te he reservado una nueva, querido, y estoy segura de que te va a encantar.
Imágenes: Cine español, Juan Antonio Bardem, La venganza, Muerte de un ciclista.
Lina Antúnez era aún una mujer bella, a pesar de que ya había dejado atrás los cuarenta, y a pesar del país, del hambre y de sus miserias. Nunca fue una belleza excesiva de rasgos perfectos, la suya era más bien de las que salen de dentro, de las que saben a serenidad y complacencia con uno mismo. O tal vez era solo resignación. O tal vez solo era orgullo. Porque Lina tenía motivos para sentirse orgullosa. En la España de aquellos años ella, una mujer sola, había sabido labrarse un presente que le aseguraba un futuro más o menos estable. Eso se decía a sí misma, más o menos, que en aquel país nunca se sabía bien qué iba a pasar al día siguiente o quién iba a llamar a tu puerta, por muy buenas relaciones que una tuviera con el Régimen.
Y Lina las tenía, y eso que sus orígenes eran de los que podrían calificarse de peligrosos en una dictadura militar. Su padre, un conocido líder sindicalista de la provincia, y su madre, una maestra feminista y rebelde que abandonó el cortijo para irse con el amor de su vida (a Lina le encantaba contar esta historia a sus chicas, adornándola con detalles que hasta ella misma llegaba a creerse), habían sido asesinados en los principios de la guerra, en la famosa matanza de la plaza de toros de Badajoz, donde leales a la República, campesinos ignorantes, obreros, sindicados y no, mujeres, niños, ancianos, todos toreados como simples animales en una orgia de sangre y horror. Si Lina pudo librarse fue porque su embarazo la tenía retenida en el pueblo de su padre, cerca de Huelva, donde su madre la había mandado en cuanto las cosas se pusieron feas. –Al pueblo no van a llegar los tiros- fue lo último que le oyó decir, pero sí llegaron, y cuando lo hicieron Lina supo lo que era perder para siempre la alegría de vivir. Su niño, su pequeño, dos años de salud a pesar de la pobreza, dos años de juegos y risas, mimos y besos, y risas, caricias y nanas, nanas y preocupaciones, y risas y sueños, su niño, su pequeño, aquel hijo del socialista burgués que cuando supo que estaba embarazada le salió la vena revolucionaria que nunca tuvo y se marchó al frente –para luchar por la Patria, proclamó-, su niño, su pequeño... Se lo mataron una noche de borrachera y celos el hijo del nuevo alcalde y sus amigos falangistas, -para que puedas lucirte por las calles sin la carga del niño, como la puta roja que eres-, se reían mientras disparaban, después de haberla violado y golpeado. Los mataron a todos, a la abuela, que no sabía ni leer ni escribir la pobre, al abuelo que nunca dejó de segar aquella tierra extremeña, yerma y seca, nunca suya, y a su niño, a su niño de dos años yaciendo en sangre, su niño…
Esa misma noche salió del pueblo sin más ropa que la puesta, huyendo a través de la dehesa, con su hijo muerto en brazos hasta que pudo enterrarlo bajo una encina, arañando la tierra con sus propias manos, durmiendo entre los cerdos, robándoles la comida, hasta que llegó al pueblo más cercano, sucia, rota, enferma y se lo encontró. Allí estaba. A toda máquina en un cochazo negro por mitad de la calle principal junto a lo más granado de la ciudad. El padre del hijo que aún sentía entre los brazos, ahora vacíos, vacíos para siempre, de viaje del socialismo a la Falange, y entonces Lina supo que la guerra estaba perdida para siempre.
Trabajó en lo que pudo, ¿quién sabe qué la agarraba a la vida?, cosió uniformes, sirvió bebidas en la cantina del cuartel mientras dejaba que le tocaran el culo los soldados y suboficiales ufanos de su victoria, hasta que una tarde entró un comandante alemán, respetado como se respetaba todo lo alemán en aquel ejército que se hacía llamar “nacional”, y se encaprichó de ella. Así de fácil. Nadie más volvió a tocarle el culo. Se acabó la cantina y el olor a uniforme y sudor. La llevó a Madrid, le puso un piso con varias habitaciones en mitad de la calle de San Bernardo y le insinuó que lo mejor que podía hacer era admitir señoritas en su casa, una especie de pensión, discreta y con buena reputación, donde se podían hacer buenos negocios sin que apenas nadie lo notara. Incluso podrían ir a medias, él tenía buenos contactos, ella energía e instinto de supervivencia. Y Lina decidió seguir su consejo. Estos alemanes son la mar de listos, se dijo, con razón son la primera potencia mundial. Al finalizar la guerra, el comandante volvió a su país, a su familia y a su gente, pero nunca olvidó que ambos tenían una buena amistad, y negocios comunes, hasta el día de su muerte en el sitio de Stalingrado unos años después, muerte que Lina lloró durante semanas. No le había amado pero era la única persona en la que había confiado durante aquellos años y sabía que echaría en falta sus cartas, tan divertidas, tan vitales, escritas en aquel español que había aprendido entre los soldados andaluces y extremeños y que a Lina le hacía tanta gracia.
-Yo creo que tu enferma está como una cabra, hijo, ¿qué quieres qué te diga?-, miró a Linden a los ojos mientras hablaba, taza de café en mano y olor a ropa limpia secándose en la cocina, -ese crimen tiene toda la pinta de ser más clásico que la reina de Inglaterra- Lina puso voz de radionovela, -joven pobre mata en un ataque de celos a la novia, elegante y rica, de su amante y luego se vuelvo loca porque no soporta perderle-. Sonrió con un brillo de maldad en los ojos -y ahora aparece el joven doctor dispuesto a salvarla de las garras de la justicia. Ya estoy viendo a Ana Mariscal en el papel principal, con esas caras de loca que pone desde luego es la ideal-.
Había conocido a Jaime Linden el día que el muchacho cumplía 18 años. Iba con otro amigo, algo mayor que él, recomendados por un tío de ambos, un rico empresario, o eso dijeron, a quien Lina apreciaba de veras y a quien debía algún que otro favor. -Un joven encantador-, pensó cuando le vió, discreto, elegante, maduro a pesar de su edad. Tonto no era, eligió a la chica más guapa de la casa y no salió de la habitación en toda la noche más que para ir al baño. El resultado fue que a Lina le costó semanas convencer a su pupila que no debía enamorarse de sus clientes, por muy amables que fueran con ella.
Pero, era innegable, el encanto de Jaime Linden era tal que hasta la propia Lina le había tomado cariño, no podía decirle que no cada vez que volvía, a veces solo para charlar con ellas en la cocina, el único lugar verdaderamente caliente de la casa, y contarles historias y cuentos infantiles que hasta era capaz de escenificar, como un titiritero de carromato y blusa de colores, o para llevarles regalos, algún paquete de café, leche en polvo, a veces hasta cajas de fruta que algún paciente agradecido le regalaba y que él hubiera desaprovechado, o eso decía. Jaime era el único que conocía la historia de su hijo, se la contó una noche de esas que llegó sin avisar, tan normales en él, y la encontró tirada en el suelo, borracha perdida, llorando abrazada a la botella de ginebra, solazándose en su propio vómito. Linden no preguntó nada, la bañó, la secó con cuidado, preparó café y la llevó a la cama. Lina pensó que si no tuviera el corazón seco se hubiera enamorado de él en aquel mismo instante. Después se lo contó todo. Luego se durmió como una niña bien arropada.
Jaime rió con ella y, por un momento, la risa quedó flotando en los rincones de la estancia, casi iluminándola a pesar de la lluvia que no cesaba de caer fuera. -Bien no está, eso está claro, pero ¿loca?, no lo creo. Simplemente no quiere hablar y cree que con eso basta para engañarme, -Lina, sabia en naturalezas humanas, hizo una mueca burlona ante la vanidad de "Doctor en Psiquiatría" que desplegaba siempre que podía Jaime-, pero hay cosas muy raras en este caso, Lina…, la autopsia, por ejemplo, no he conseguido en todo este año que me den una copia del informe de la misma, y eso a pesar de pertenecer al Cuerpo y tener muy buenos contactos entre los médicos, como ya podrás imaginar. Que Lupe Losada era una chica sana y buena, que dejemos a los muertos descansar en paz, solo eso he podido sacarles, -sin darse cuenta, Jaime había alzado la voz- pero me parece imposible que una mujer delgada y pequeña como Clara haya podido causar tales heridas en una mujer más alta y más fuerte sin que esta se defendiera, a no ser que estuviera tan drogada que no pudiera hacerlo… y si estaba tan drogada ¿por qué Clara no se limitó a matarla para luego largarse lo más rápidamente posible de allí?, ¿y quién le dio las drogas?, ¿no era Pepe Cruz médico?,- Linden suspiró rendido-, tampoco he podido conseguir la declaración del doctor Cruz, al parecer se da por bueno que no estaba en la ciudad la noche del crimen y ni siquiera se ha designado un policía para la investigación. Un hombre de su posición, ¡por dios!, -me dijo Soto cuando se los pedí-, tú limítate a cuidar a tu enferma para que sane lo antes posible y pague su crimen.
-Soto, ¿el comisario?-, Jaime asintió, -hace tiempo que no viene por aquí aunque antes era un asiduo, no puedo decir nada malo de él, siempre me pareció un buen hombre, de los que no paran hasta que no saben la verdad.
-Yo también soy de esa opinión, Lina, por eso me intriga todo este misterio, todas estas ocultaciones. Soto parecía estar presionado, deseando que esta historia pasara, que Clara desapareciera entre los legajos y papeles y nadie volviera a darle más la lata.
-No sé, cariño, -Lina, pensativa, daba vueltas en su cabeza a algo, -¿dices que te chocó la decoración de la casa, los cuadros de las paredes, el olor a incienso y lilas?, eso tiene toda la pinta de juegos prohibidos y peligrosos, hijo, y, te lo aseguro, no sería la primera vez que se les va la mano a la gente practicando esos juegos, yo en mi casa desde luego no los quiero, como mucho alguno que otro, y te podría dar algún nombre famoso, de los que les gusta chupar tacones o que les aten mientras se los tiran, porque si no no se ponen. Al revés, no lo permito. Aunque sí conozco casas donde obligan a las chicas a hacer de todo, pero claro, así están las pobres, malnutridas, con más cardenales que el palio de Franco, y hechas cisco a los veinte años. Encogió los hombros, un gesto de comprensión, -claro que si necesitas ciertas cosas has de visitar ciertos lugares-.
-¿Conoces burdeles que se dedican a esas prácticas?-, Linden fumaba con su parsimonia habitual, no estaba sorprendido pero le picaba la curiosidad, eso no podía negarlo, y se sentía a gusto allí, la pensión era su hogar más que su propia casa, desangelada y fría, más que nunca aquel invierno tan frío en Madrid.
-Bueno, si vas preguntando, y curioseando, alguien te hablará de Marlene, un piso de Fuencarral, donde hasta han visto un ministro, creo que paisano de la propia Marlene, que no se llama Marlene ni de coña, sino Paca, aunque a ella le encante parecer una diva, se haya inventado un pasado glamouroso y vaya por ahí como la Mae West de España, -Lina encendió un cigarro mientras hablaba,- pero lo cierto es que si salió del hoyo de Carabanchel fue por ser la alcahueta de todos los capos fascistas de Legazpi, que bien que sabía engatusar a las niñas del barrio para llevarlas a las fiestas de la zona alta, que la mitad ni volvían, ¿para qué iban a volver? y se quedaban por ahí, por las calles, por los portales, que a mí me lo contó precisamente una de esas chicas que quiso trabajar para mí y yo no quise porque estaba hasta arriba de grifa y opio, que conocía bien a la Paca porque se había criado con ella en el barrio. –Lina sintió la rabia crecer en su interior-, niñas que ni habían cumplido los 14, Jaime, pobres, huérfanas, las del hospicio, así se asciende en el escalafón y se consigue ser la madame del burdel más sórdido del todo Madrid.
Se acercó al doctor y le acarició la mejilla con ternura, -supongo que ya te he convencido para visitarlo-.
Imágenes: Marlene Dietrich en "El ángel azul", Joan Bennet
Sólo una antorcha encendida velaba el sueño del hombre que unas horas antes la había amado (como nadie jamás lo haría). El campamento derramaba un silencio oscuro. La muerte rondaba la estancia.
Con mirada sobria acarició las cicatrices del guerrero, la nuca abandonada en una sola derrota, el cuello fuerte de mil batallas, (y un vértigo helado le arañó las entrañas). Y un sabor a sal le rozó los labios.
Y recordó, el susurro de las horas suyas, el ansía de las bocas, los despertares de su sexo, húmedos.
Cada pliegue de su piel fue cálido, cada curva dulce, cuando olvidaron quiénes eran. Por fin, olvidando de dónde venían.
Holofernes debe morir, oyó el rumor de su pueblo llamando a la victoria.
Así sucedió que el desierto fue su hogar y las bestias sus guardianes, y una cueva su refugio, y allí, postrada ante las criaturas de la noche, desnuda de héroes, libre del primer hombre, Lilith sucumbió a su destino.
Y sobre la arena edificó su patria, y ni ángel, ni espada, ni paraísos domados pudieron detenerla, pues había hecho del áspid su alimento, de la luna su dios, y del vampiro su amante.
Tiembla la tierra que sacuden mis sandalias, un viento frío ha envuelto la ciudad, oigo llantos allí donde hubo suspiros, me rozan las oscuras sombras, me enredan los hilos vanos de las tercas telarañas, golondrinas secas que se negaron a marchar cuando debían.
Colgando de sus patas en las murallas del tiempo el cisne exhala su única canción, y las mujeres sin nombre son estatuas de sal. Sodoma se derrumba.
Miro la ciudad devastada mientras enlazo mis tobillos al camino que me espera. Una última vez la miro... para poder darle la espalda sin miedo a su recuerdo, para no olvidar dónde estaba su belleza.
Al frente, en los valles verdes, huele a lluvia y tierra fresca.
En la ciudad de los topos paticortos que recorren laberintos complicados, se han rendido las audaces. Hastiada de sus caprichos fatuos, Atenea las había abandonado. Murió Circe, la que vengaba los desdenes, y ahora sólo ríen las Sirenas, canto en almoneda en la Babel sin voces.
¡Ah! Penélope de la nada, ¡tarde lloras su regreso!, ¿acaso no sabías ya que Ulises camina con pies de arena y corazón de hielo?
El martes 21 de abril de 2009, a las 20.00 horas, tendrá lugar la presentación del útimo libro de Andrés Aberasturi:
Intervendrán en el acto:
José Sacristán, José Mercé, Amparo Larrañaga, Mónica Molina, Beatriz Pecker, Marcelo y Alicia, Javier Fernández, además del editor y prologuista del libro, Basilio Rodríguez Cañada, y el poeta, Andrés Aberasturi.
El organizador es Richy Castellanos.
(Al finalizar el acto se ofrecerá un chupichupi a los asistentes)
Sala Alegoría (Calle Villanueva, 2, entrada por la calle Cid), Madrid
Duerme ahora, hijo mío, duerme mi niño, duerme que mañana pondremos soles nuevos al día. Nos espera la vida. La vida... qué palabra, tan dura a veces; la vida que a veces duele tanto que sólo tu risa abierta -ese canto- endulza esta agonía amarga que es vivir. Duerme ahora mi niño duerme, porque tú eres la paz, porque tú eres la paz. Duerme gorrión inmóvil, duerme ángel mío.
luciérnagas fosforescentes bajo una bóveda sin estrellas ni sueños limpios, no son verdad los pechos acunados, abrasándola hace apenas un instante, y ahora solitarios.
Ya son mentira las calles que redimieron los pecados, taconeo embustero, pies inquietos, sin alas, ni dioses, ni palabras.
Los fantasmas conjurados que revoloteaban entre visillos de neones inmutables, nunca existieron, tampoco el sabor de los rincones tibios, ni los dientes que marcaron territorios en su carne, ni el arco leve de esa nuca de niño eterno.
Luna impostora, antes respuesta a los aullidos de una hembra brava, ahora sucio duende que ríe, irónico, tras las curvas de líneas blancas.
Nada permanece. Todo pasa.
Sólo el aroma efímero de su hombre se mantiene, fugaz, a salvo aún de la navaja fría de la madrugada.