Resumen: Sola en casa, recluida en su mundo interior, una mujer aguarda el regreso de su marido, el hombre del que ha estado enamorada desde que era una niña. Está nerviosa pues se retrasa y teme los motivos de ese retraso. En su sillón, su viejo sillón de niña, Lules rememora su pubertad y adolescencia, al cuidado de una madre posesiva en un mundo que cambiaba sin que ella fuera testigo más que a través de una ventana.

Ahí sigue. La vieja peluquería, bien remetida entre una tienda de indios que vende túnicas de colores y una floristería de melenudos donde dan té y a saber qué cosas más, qué menudas pintas llevan los que entran. En ese mismo sitio, donde ahora los hippies toman té, estuvo la zapatería de Andrés, el hijo de una amiga de mi padre que marchó a Francia después de la guerra dejando al niño aquí criándose medio solo, medio a cargo de mi padre, cosa que llevaba los demonios a mi madre que nunca me hubiera dejado a mí por nada del mundo. Yo tuve poco trato con él aunque siempre me regalaba algo por Navidad, una vez, un pez de plástico, un pez enorme, azul, casi puedo sentir su tacto todavía de tanto como me gustaba.
Es curioso como quedan fijos algunos recuerdos sin que uno haga nada por acordarse de ellos y ese mismo mecanismo hace que, a su vez, afloren otros. Este del pez, por ejemplo. Ahí estamos mi padre, un jovencísimo Andrés y yo en una foto, los tres juntos, todavía la conservo, no sé qué significa pero es lo que me dejó mi padre el día que se fue, lo único que me queda de él, el resto mi madre lo tiró todo, fotos, libros, los discos franceses, ¡a la parroquia con ello!, dijo, ¡con los curas que tanta rabia te dan!, siguió gritando aquellos días, pobre mía lo que sufrió, y si esta foto se salvó fue porque yo la escondí debajo del colchón donde a ella ni se le ocurrió mirar.
Eso fue después del pez de colores, años después. Ahí, en la foto, reímos, felices, contentos, mi padre y el zapatero se abrazan por detrás y yo ando cogida a los pantalones de mi padre. Me acuerdo perfectamente como olían y el tacto de la tela como si la estuviera tocando ahora mismo. Debería entristecerme pero sucede lo contrario, siempre me sale una sonrisa cuando veo esa foto, aferrada a mi juguete como si fuera un tesoro, apenas tres años, mi padre acariciándome el pelo, sus dedos cálidos con olor a humo y madera. Mi madre no está, no me acuerdo por qué, pero en casa esta foto no se hizo porque ella jamás consintió que Andrés entrara en casa, sabe dios por qué ahora que lo pienso.
En fin, eso ya no importa, el caso es que, al poco de lo de mi padre, también Andrés marchó, dicen que a Suiza, donde están los mejores relojeros del mundo. Para los relojes era muy mañoso, tanto que arreglaba todos lo que se estropeaban en el vecindario, y lo hacía gratis, para entretenerse, decía, porque él no era un profesional. Un pamplinas idealista según mi madre que, a pesar de todo, siempre arregló los relojes de casa en el chamizo de la zapatería, aunque los bajaba yo porque ella no quería saber nada de “ese chico”, como ella le llamaba.
¡Si habré visto yo transformarse el barrio!, mejor dicho los soportales, y es que ha sido toda una vida viendo pasar las gentes con sus cosas. Han ido cambiando poco a poco y yo he ido siguiendo esos cambios tal y como estoy ahora, sentada en mi viejo sillón, bien pegadito al balcón principal, el que da a los soportales.

Lo que ha prosperado de verdad es la peluquería, mi peluquería, que hasta vienen algunas clientas en metro, de otros barrios, a que Candelas las peine, que otra cosa no pero hay que reconocerle que tiene buena mano para el negocio, ¡si hasta ha cogido una chica sudamericana que hace las uñas y la cera!, vamos que ahora sí que está como una señora. No diré yo que Candelas haya estropeado el negocio porque no sería verdad, qué bien bonito que está todo y la falta que le hacía una buena mano de pintura, y eso fue lo que hicieron, ponerse ella con la bayeta y Pepe y mi Tomás con la brocha y el cemento dale que te pego, menudo tute que se dieron. La verdad es que ahora me alegro de haberles vendido la mitad del negocio, yo no sabría cómo manejarlo y, además, Candelas fue muy clara cuando se murió mi madre: o vamos al 50% o yo me voy ahora mismo, así mismo me lo dijo, casi todavía con el cuerpo de mi madre presente. Por supuesto que de primeras yo me negué, bien que sabía yo que aquello hubiera disgustado muchísimo a mi madre, pero al final tuve que ceder porque hasta Tomás fue inflexible, que era justo decía, se ve que Pepe le malmetía, claro, entre caña y caña de cerveza los hombres hacen sus negocios. A mí me convenía, no lo voy a negar, así que recé en silencio a mi madre pidiéndole perdón y justificándome en lo débil que sería como dueña de un negocio para mí sola, que Tomás no quería ni oír hablar de ello, bastante tenía con llevar su parte de las cuentas, repetía, como para preocuparse de contratos, productos y clientes. Cedí. ¿Cómo no hacerlo si me lo estaba pidiendo mi marido?
Estoy segura de que mi madre, que sabía de mi sensibilidad y de mi corazón enfermizo, ya me habrá perdonado allá en el cielo.

Ahí veo la otra esquina, la que queda en el lado oscuro, donde nunca daba el sol, los borrachos meaban y se besaban las parejas. Ahora pasan droga dice Candelas, que está muy preocupada con esas cosas, los hijos, ya se sabe, traen muchas preocupaciones. Yo lo que recuerdo como si fuera ayer mismo es a Tomás. Tomás esperando a Merche. En ese mismo sitio. Apoyado en aquella misma columna. La primavera maldita en que dejó de venir a verme.
Cierro los ojos y puedo verle. El pelo de color canela, la rodilla flexionada, la vieja cazadora de cuero, la única herencia de su padre, todavía la tiene, la adora, esta misma mañana la llevaba puesta. Bien temprano que ha salido, raro en él, que si a Tomás algo le ha desagradado toda la vida ha sido madrugar, dice que le trae muy malos recuerdos de cuando estuvo encerrado aquellos años, primero en el reformatorio y luego en el cuartel donde hizo la mili. No paró hasta que pudo comprarse el taxi y empezó a trabajar por su cuenta y riesgo, que dejó el taller y todo, donde estaba muy bien considerado, tanto que había llegado a jefe de mantenimiento o algo así. Un chico con esos antecedentes, decía mi madre, ¿dónde va a encontrar algo mejor?, pero él erre que erre, no cedió ni un milímetro y nos compramos el taxi, un montón de sacrificios que nos ha costado pagarlo, bueno, más a él que no ha parado de trabajar el pobre mío, y lo ha hecho por mí, que aunque mi madre dijera que yo era una santa por aguantar aquellas cosas de mi marido, la verdad es que nunca me ha faltado de nada, que mi Tomás ha trabajado como un burro toda su vida. ¡Menudo disgusto se llevó mi madre el día que Tomás nos vino diciendo que se había marchado del taller, así sin más, y que desde el día siguiente era taxista de noche, lo dijo tan contento, que no pensaba madrugar más y a mí me pareció bien, pensara lo que pensara mi madre, porque yo siempre he confiado en mi marido. Me molestó un poquito, todo hay que decirlo, que ni me preguntara si me importaba dormir sola sobre todo porque Candelas no paró de restregármelo por la cara, que si su maridito no podría pasar ni una noche sin ella, ni ella sin él, así se ha llenado de hijos y se ha puesto como una cerda de gorda, no entiendo cómo puede ir tan feliz por ahí, con esos vestidos tan ajustados que lleva en verano, que se le marca todo, bien agarradita a Pepe eso sí, no se le vaya a escapar ya ves tú, como si yo no pudiera decir bien alto que mi marido es mejor que todos ellos juntos.
Imagen: Egon Schiele
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