1. DOS MUSARAÑAS EN LA ESCALERA
Achupé, achupé, sentadita me quedé.
(Cancionero infantil)
Estoy sin vivir desde que la pamplinas de Candelas lo ha soltado de golpe en la escalera, la muy cotilla, ¿cómo se le ocurre estando él delante?, ya sé yo como se le ocurre, para empaparse bien, sí señor, ¿qué mejor momento que ese, con Tomás al lado mío?, que lo oiga bien, di que sí, bonita, y luego vete corriendo a contárselo al paleto de tu marido.
La muy zorrona se ha quedado un ratito y todo, de charla, cómo si yo no me diera cuenta de que no hacía más que fijarse en la reacción de mi Tomás, ya ves tú qué reacción esperará después de tantos años, si éramos unos niños, por favor. Y ella nada, sin enterarse, que si la cicatriz se le notaba muchísimo, que si se veía que la avergonzaba, que ni a la propia Candelas quería saludar, que ya veía como se cambiaba de acera y si no llega a ser porque se le planta delante, ¡pues menuda es ella para estas cosas!, Merche hubiera pasado de largo, mirando para el suelo.
En eso no ha cambiado, pensé yo, ya antes de la cicatriz Merche siempre iba con la cabeza gacha, sólo recuerdo que mirara de frente cuando subía a la bici de Tomás, ella delante, ¡cómo no!, que parecía que se estuvieran abrazando, que yo no sé como no se mataron con todos esos pelos revoloteándole en la cara a Tomás, seguro que lo hacía para chincharme y no por otra cosa, que hasta miraba hacia mi ventana, encima haciéndose la chulita.
Eso es que no tiene la conciencia tranquila, decía mi madre, a la gente hay que mirarla de frente, que se sepa quien eres y qué quieres, y de Merche nunca se sabía nada, que no había manera de sacarle ni pío la verdad, que ni mi madre siquiera y mira que era suya para que la gente contara, pues ni siquiera ella pudo sacar de Merche ni media palabra, ni de dónde eran, ni de dónde venían, y eso que estuvo haciéndonos la compra meses y meses, y eso que mi madre decía que esa chica, con esas pintas, y siempre mirando al suelo, no era de fiar.
Dice Candelas que sigue lo mismo, sí seguro, lo solté sin pensar la verdad, ¿cómo iba a estar igual después de 20 años?, pues la lista de Candelas la reconoció nada más verla, los mismos andares, el mismo gesto huraño, sí, claro que los años no se cumplen en balde, para ninguna, pero como sigue delgada y tal, pues como que parece que no han pasado por ella. Lo mejor de todo es que Candelas se cree que a ella Merche también la reconoció enseguida y mira que me extraña eso porque Candelas nunca valió mucho, la verdad sea dicha, pero ahora la pobre es que es una piltrafa, que está tan gorda y desbaratada que casi ni cabe en el ascensor.
Por lo visto, que a saber, Merche trabaja en las oficinas de una librería, lo que engañan las apariencias qué razón tenía mi madre, claro, cómo estudió mecanografía y siempre iba en el metro con su librito a cuestas parecía una señorita, tan fina toda ella, aunque la verdad es que me dio un poco de envidia, que yo no he trabajado nunca, que gracias a dios no nos ha hecho falta, pero de todos modos me dio un poco de rabia imaginarla allí sentada, en una mesa de despacho, toda elegante, con uno de esos ordenadores tan modernos que tanto le gustan a mi marido, que hasta se ha comprado uno, con el precio que tienen por dios, y se pasa las tardes tecleando, que no sé qué escribirá pero ni que fuera El Quijote.
Candelas azuzaba, que si iba muy bien vestida, chica, tan normal, pero no sé, como con clase, ya sabes, siempre tuvo gusto para estas cosas, y con muy buen cuerpo, que hasta le preguntó si tenía niños, para saber si se había casado, y tan fosca como siempre le soltó que estaba divorciada y que sí, que tenía un hijo de 20 años. Nada menos que 20 años. Merche ya ha cumplido los 37, o sea que se casó poco después de aquello, sin cumplir los 18, seguro que embarazada, no podía ser de otra manera en alguien como ella.
Mi madre, que para eso siempre tuvo mucho ojo, en cuanto que la vio supo que terminaría mal. Y mal ha terminado, divorciada, o sea más sola que la una, sin un hombre, y con un hijo que a saber como se habrá criado con una madre así. Por lo visto hablando del hijo ahí sí que levantó bien la cara y Candelas pudo verle, por fin, la cicatriz, enorme, pálida, desde el ojo hasta la mandíbula, tan limpia como si hubiera sido esculpida con un buril de aquéllos que usábamos en las monjas para los trabajos en estaño. Las cosas que se le ocurren a esta mujer.
Menos mal que a esas alturas Tomás hacía rato que se había metido para casa, pero aún tuvo tiempo la muy cotilla de soltarle que ni siquiera había preguntado por nosotros, en realidad por nadie del barrio, y eso que no debía vivir muy lejos de allí pues iba con las bolsas del Dia, ¡cómo no! haciendo la compra como siempre, dije yo, y fue entonces cuando Tomás se fue, dejándola con la palabra en la boca y a mí preocupada, porque aunque quiera creer que lo que le pasa es que no soporta las habladurías de Candelas, lo cierto es que desde entonces está más raro que de costumbre y no para de teclear en el ordenador.
Candelas siguió hablando, no sé qué dijo del padre del niño, yo ya ni la escuchaba, ya ves tú Merche, 17 años y embarazada, y seguro que acostándose con el primero que se le metiera en la cama, un sucio y un borracho, claro, ¿cómo no le iban a gustar sucios y borrachos, si así era su padre?
2. UNA VENTANA DE BARRIO
Nunca me cayó bien, mejor dicho y para que el diablo no se ría de la mentira, la odié desde el principio, desde la primera vez que la vi aquella tarde de invierno. Venían los tres, sus padres y ella, calle abajo, Merche y su madre cargando una maleta enorme de cartón piedra, atada con cuerdas ya ves tú, y el padre con dos colchones enrollados a la espalda.
No eran ninguna novedad. Todas las semanas llegaba gente como ellos al barrio, casi todos del sur, unos muertos de hambre decía mi madre, que presumía de ser de Madrid desde la raíz de los tiempos. Ella se refería a los otros, a los que venían de los pueblos, que no habían hecho otra cosa en su vida más que plantar lechugas y se creían que en Madrid regalaban longanizas, pues iban aviados. ¡pero por dios, si las cuatro cosas que tenían se traían por veinte duros!
Efectivamente, pocos días después vi llegar la conocida furgoneta con el resto de los enseres, digo conocida, Candelas se acordará seguro, porque era del enano del barrio, el que a mí me daba tanto miedo porque tenía una mirada muy rara, que la había recibido como subvención por no sé qué cosa que hizo en la guerra cuando era joven. Como la subvención si no se movía no alimentaba, Ramón, que así se llamaba el enano, se dedicaba a hacer las mudanzas del todo el barrio. Una fortuna que atesoró, seguro, porque otra cosa no pero lo que es gente nueva llegaba todos los días.
Desde luego que no fue con Merche como el enano Ramón se hizo rico, que eran cuatro sillas y una cama lo que traían, que vete a saber donde dormía Merche, mi suegra dijo una vez que tiraban un colchón al suelo y ahí dormía la pobre, ya ves tú la pobre, seguro que ni lo notaba, ¡pero si en el pueblo dormiría con los burros! y, sin embargo, viéndola caminar, supe, porque lo supe, que Merche cambiaría mi vida. Tenía un aire en su pelo negro o en su manera de andar o de moverse en medio de aquella tarde tan oscura mientras tiraba de aquella maleta sucia, que me hizo recordar las fotos de las revistas que mi madre atesoraba primorosamente para las clientas de la peluquería, la única que había en el barrio por aquel entonces y de la que éramos propietarias. Pensé que era raro que alguien tan pobre pudiera parecer una princesa.
Mientras miraba conmigo desde la ventana del salón la llegada de los nuevos vecinos, mi madre dijo lo que yo pensaba: no me gusta esa chica, ni gota de humildad, quién se creerá qué es, si no hay más que ver la cara de muertos de hambre que traen, fíjate en el abrigo de la madre, es de por lo menos la batalla de Brunete, y nos reímos juntas y las dos pensamos en papá sin atrevernos a nombrarle, en como nunca quiso contarnos de dónde sacó el dinero para montar aquella peluquería de la que mi madre nunca paró de presumir hasta el día en que se murió, y eso que la pobre mía la estuvo trabajando hasta que ya no pudo sostenerse en pie. Aunque acordarnos de papá nos ponía de un humor raro, y yo siempre terminaba vomitando y en la cama.
3. ESAS PEQUEÑAS POSESIONES
En aquellos tiempos mi madre, doña Lourdes como la llamaban con respeto en el barrio, peinaba a todas las vecinas. Nos iba bien. El barrio crecía y crecía, tanto que mi madre había tenido que contratar a una aprendiza para que le ayudara a lavar cabezas. Candelas tenía 14 años, uno más que yo, así que era inevitable que nos hiciéramos amigas enseguida, aunque ella fuera la empleada y yo la dueña.
Además, yo tampoco podía tener otras amigas. Llevaba toda mi vida enferma y salía tan poco de casa que ya ni me importaba, más bien todo lo contrario. Me entretenía viendo trabajar a Candelas mientras yo repasaba una y otra vez las mismas revistas que duraban meses en la pequeña mesilla, y mi madre y las clientas se contaban los chismes del barrio. Lo mío era algo crónico o eso decía mi madre, porque lo cierto es que cuando visitábamos al médico lo único que me recetaba es que saliera a la calle a jugar y fuera al instituto y olvidara esos nervios, pero a mí eso me daba mucho miedo así que menos mal que mi madre estaba convencida de que su única hija tenía algo del corazón, aunque también es verdad que me cansaba oir aquella cantinela de desde que pasó lo de su padre esta niña no anda buena,doctor. Ahora pienso que en algún momento de mi vida mi madre se había jurado a sí misma que yo no saldría de casa hasta que no fuera del brazo de un hombre, y para casarme.
Y lo consiguió.
Pero Candelas me lo contaba todo, igual que ahora, y además yo sé cómo sacarle las cosas, que en eso he salido a mi madre pobrecita mía, y eso que mi amiga ya no es tan parlanchina como antes, que desde que se casó ya no es la misma. Ese bestia de marido que tiene la influye mucho, ya se sabe que dos que duermen en el mismo colchón... yo se lo digo, que se deja llevar mucho por ese hombre y ella toda respondona me contesta que qué quiero que me diga, que Mateo es su mejor amigo, ya ves tú un marido mejor amigo, tiene unas cosas esta mujer que para qué, y que a mí me quiere mucho, que soy su amiga del alma, la de toda la vida, pero que como habla con Mateo no ha hablado nunca con nadie, ya ves tú qué tontería, ¿de qué va a hablar con su marido, si su vida es más aburrida que la de una monja?, de la casa a la peluquería, de la peluquería a la casa a cuidar de la riolá de críos, como ella les llama con ese acento suyo tan paleto, que es que Mateo le hace uno por año, que ya se sabe lo que pasa cuando te arrecucas con un hombre hija, me dice con retintín y sonrisa de…, que mejor me callo lo que me parece esa sonrisa.
De mí sí que no se puede quejar que a Candelas le ha ido bien conmigo, al final sigue trabajando aquí, a mi lado, y aunque tardé en dejarle participar en el negocio, que en vida mi madre nunca lo hubiera consentido, lo cierto es que es ella la que lleva todo el trabajo, que yo para tanto trote no estoy, así que bien agradecida que me tiene que estar, que al fin y al cabo si mi madre la contrató no fue más que porque su abuela no podía con más niños después de la muerte de su hija en la fábrica. Candelas tenía cuatro hermanos más y ella era la mayor, suerte tuvo con quedarse en la peluquería y prosperar, que su hermano menor se tuvo que ir a la obra con poco más de 12 años, luego emigró, creo que a Alemania y ya no volví a preguntar por él. A Candelas, en cambio, nunca le faltó un plato de comida caliente, la misma que comíamos nosotras.
Al final es ella la que lo ha alterado todo, ¿para qué me habrá dicho nada?, ¿y a mí qué me importa Merche y lo que haya sido de ella más de veinte años después? y a mi marido menos que le importa, aunque está tan raro que me preocupa, le pregunto pero me dice que no le pasa nada, nunca le pasa nada, ni nunca me ha contado nada, claro para no preocuparme, como sabe que estoy delicada.
Le prepararé una buena cena para esta noche e intentaré que se desahogue después conmigo, a mí esto del sexo no es que me vaya mucho pero cuando Tomás y yo nos hicimos novios mi madre me dejó bien claro que eso era algo por lo que había que pasar si queríamos tener a los hombres agradecidos y complacientes, y lo cierto es que tenía razón, a Tomás le sienta bien, siempre está más contento después de hacerlo y a veces incluso me lleva al centro, al cine, así que eso haré, una cena rica y dejarme hacer, que también es disfrutar sentir que Tomás es mi marido y de ninguna más.
4. UNOS PASOS DE TANGO
Merche y su familia se instalaron en uno de los bajos del portal, así que yo podía ver su habitación desde la mía, que estaba en el primero y que también daba al patio interior y la verdad, lo digo como lo siento, no me gustaba lo que veía, ni a mi madre tampoco. Esa casa no es honesta, decía la pobre que en paz descanse, y sobre todo lo decía por Merche, que sí que es verdad que era un poco… ¿cómo diría yo?, sucia.
Una guarra, para ser claros.
No es que no se lavara y esas cosas, que lo cierto es que cuando estabas cerca de ella olía a gloria, sino porque tenía la costumbre de desnudarse por las noches delante del espejo y se miraba y remiraba, incluso, algunas veces, hasta se tocaba los pechos, la cintura, el…, en fin, eso, y, claro, nosotras veíamos esas cosas y nos escandalizábamos, que una vez mi madre hasta me retiró de la ventana de un manotazo cuando se dio cuenta que yo me quedaba embobada mirando como Merche se admiraba a sí misma delante del espejo, que eso es lo que hacía, admirarse, que no sé como no le daba vergüenza, que así terminó todo como terminó, por culpa de ella, que yo qué se quién se creía qué era.
No sé qué pensaba mi madre, aún joven y sola como estaba la pobre, pero ahora reconozco que yo le tenía envidia a aquel cuerpo, y a aquellos pechos, aunque mi madre me consolara diciéndome que cuando yo tuviera la edad de Merche, ¡sólo dos años más, dios mío!, mis pechos serían iguales que los de ella. Y tuvo razón, lo que no me dijo fue lo de las caderas y que a los 15 años yo ya no cabría en el sillón de la ventana, el mío de toda la vida, ahí sigue, y me tuvieron qué poner a régimen y aquello es lo peor que he pasado en mi vida, bueno, eso y la muerte de mi madre, pero que conste que si lo soporté fue porque podía ver todas las semanas a Tomás en el reformatorio, aunque muchas veces pensaba que no entendía a mi madre, que me sometía a aquella tortura de verduritas y manzanitas y luego me decía que tener un cuerpo bonito no conduce a nada bueno, que no digo yo que no, pero lo cierto es que Tomás empezó a verme de manera distinta en cuanto perdí unos kilos, sólo unos pocos pero los suficientes como para saber yo que no se acercaba a mí por mi belleza sino por mi interior, que es lo importante a fin de cuentas, y en eso sí que tenía razón mi pobre madre.
Si ella estuviera aquí, conmigo, y yo le contara que Merche ha vuelto a aparecer por estos barrios, seguro que lo que me diría es que ya ves tú en qué se ha convertido, casi una niña y ya tuvo que criar un hijo sola, para lo que le sirvió tanto mirarse la hermosura, lo que las mujeres necesitamos es un hombre que nos proteja y que nos respete, sobre todo que nos respete, y a ti te cuide mucho, porque tú eres delicada como una flor y patatín y patatán, que no paró de soltarle el sermón a Tomás el día de nuestra boda, que me hizo sentir casi una inválida por favor.
¡Ay, Tomás!, siempre apareces en mis pensamientos, claro, paso tanto tiempo sola, que cuando no trabajas estás durmiendo o dándole a la máquina de escribir, pero no me importa, no creas, lo que me gusta es sentirte cerca, me basta con eso, aunque andes a tus cosas, siempre fuiste más inteligente que yo, una pobre chica que no tiene más que las cuatro letras y lo que tú me has enseñado a lo largo de todos estos años, que cómo no te voy a querer, si siempre has estado conmigo, casi desde que tengo uso de razón.

Es raro que haya salido esta mañana tan temprano, que ni le he visto irse de la prisa que llevaba. No creo que sea por lo que pasó ayer noche, tan raro todo, que no sé si al final, cuando se corría, gemía o lloraba. Lo peor fue la cara con que me miró cuando se levantó por el cigarrillo, justo que me pilló sonriendo, tan pancha
de haberme salido con la mía, qué bien que me había costado conseguir que Tomás se animara, porque la verdad es que si yo no me acerco ni me mira, y eso hay que evitarlo, que ya lo decía mi madre, que una cosa es solazarse en el cuerpo y otra negarte a tu marido, que luego nunca se sabe donde buscan, y en eso mi madre fue bien clara: hija, date a tu hombre siempre que te pida, o incluso más, pero no caigas en la trampa de disfrutar como él o te degradarás como mujer y como esposa. Ella era muy dada a estas frases tan rimbombantes.
Nunca tuve que hacer esfuerzos, eso que quede claro, que aunque el sexo me pone nerviosa, me gusta mucho el olor de Tomás, sus manos siempre tan calientes, y no me importa que me toque, siempre que no sea muy abajo, porque entonces me entra la risa o me dan ganas de llorar, y termino pensando en mi madre y en lo que sufrió cuando se fue mi padre de casa, que eso fue lo que pasó, que no se había muerto, que se había ido con una secretaria de Correos a la que le gustaban los carteros.
5.CAMINITO QUE EL TIEMPO HA BORRADO...
¡Ya está otra vez la argentina con los tangos! Desde que se han instalado en el piso de arriba mío no para, todas las mañanas lo mismo, el caminito que el tiempo ha borrado a todo meter por el patio mientras yo ando con la ropa sucia en la terraza de la cocina, que ya lo tengo asociado al olor de las camisas de Tomás, porque será la canción o no sé pero el caso es que cierro los ojos y no puedo evitar olerlas mucho, mucho, antes de meterlas en la lavadora.
No es que me queje, no, que me gustan los tangos, además me dan un poco de pena los nuevos vecinos, menuda morriña que tendrán de su tierra y encima se han chupado dos inviernos este año, que no acababa de llegar el buen tiempo allí cuando ya aquí empezó a refrescar, justo cuando llegaron ellos, y sin un duro, que yo no sé para qué sale la gente de sus países ni para qué se meten en política, con la de problemas que trae eso.
A mí los argentinos me caen bien, será porque los tangos me recuerdan mucho a mi padre, y no para mal, que sólo me dan como una tristeza un poco bonita, como dulce, casi como que puedo verle los domingos por la mañana con sus canciones alegrando la casa y a él tatareándolas, tan feliz que hasta parecía más joven. En esas mañanas, con sus mejillas recién afeitadas oliendo a Varón Dandy, era cuando yo más le quería.
Me sentaba a su lado mientras miraba como cambiaba la aguja de su TELEFUNKEN, comprado a plazos durante un año entero. Luego limpiaba cuidadosamente el disco que había elegido y si hacía falta barnizaba la tapa para que no perdiera brillo. Con él supe quien era Edith Piaf, que mi padre oía como a escondidas y que a mí me encantaba, si yo hubiera tenido esa voz no me hubiera importado ser fea. Me aburría con el flamenco que él oía casi con veneración, lo normal: era su tierra a la que no había vuelto, pero sobre todas las cosas le encantaban las zarzuelas y los tangos de Carlos Gardel, que se sabía de memoria.
Ni a mi madre ni a mí se nos ocurriría tocarlos siquiera, un rayajo y mi padre nos hubiera tirado por la ventana. Mi canción favorita era aquella que se llama “El día que me quieras” y que a mi padre le ponía tan callado. Nunca he sabido por qué miraba a mi madre con ojos como no sé, de pena o de impotencia o de ayuda, vete a saber, el caso es que mi madre ni se acercaba, allí se quedaba en la puerta, sólo mirándole, con la barbilla levantada, mientras mi padre se iba como encogiendo en el sofá, que parecía que le regañara, como si por ponerse triste fuera menos hombre o algo así. Esas cosas de mi madre a mí no me gustaban y me daban muchas ganas de abrazar a mi padre y decirle que yo sí le quería, que yo le quería mucho, pero no sé por qué no lo hacía y sólo era capaz de quedarme oyendo la canción y soñando que alguna vez un hombre necesitaría tanto que yo le quisiera como el del tango.
La primera vez que le dejé hacer a Tomás fue el día que salió del reformatorio, y si lo hice fue porque mi madre me dijo que el pobre chico necesitaría mucho cariño, que bien que me achuchó para que me arrimara a Tomás, claro que para eso yo tan contenta, diciéndome que yo en ese tiempo me había convertido en su única amiga, prácticamente una novia, la única que no dejó de visitarle ni un solo domingo, y eso sí que es verdad que de Merche ni supimos y digo yo que se curaría algún día por muy profunda que hubiera sido la dichosa cicatriz, que tampoco era para tanto vamos digo yo, y de todas maneras mejor que no fuera, porque así él vio como yo me iba transformando en una bella mujercita, que era como me llamaba mi madre, toda orgullosa de mí.
Así que eso hice esa tarde, un año después de aquello, que pasó volando como predijo mi madre, le fui a buscar con doña Carmen que, aunque insistió en que prefería ir sola mi madre no se lo consintió, que desde que Merche se había ido, y había pasado lo que había pasado con Tomás, la pobre doña Carmen no levantaba cabeza, así que mi madre, que después de todo era un pedazo de pan, se había convertido en su protectora y amiga.
La madre de Tomás no abrió la boca en toda la tarde, pero lo que es yo no paré de hablar, nerviosa como estaba con mi ropa nueva, una falda preciosa de campana que mi madre me había comprado esa misma mañana y una blusita blanca con la que se me veía un poquito el sujetador nuevo de encaje blanco. Los chicos del reformatorio me silbaron cuando me vieron pasar junto a doña Carmen que, por cierto, hizo un comentario la mar de parecido a los de mi madre, cosa que me extrañó porque dos personas más distintas en mi vida he visto, sería porque doña Carmen era viuda de verdad y mi madre no, que en el barrio decían que se le puso el pelo todo blanco el día que la policía se llevó a su marido que por lo visto tenía papeles políticos en la casa, de los rojos y esas cosas, parece ser que el suegro que yo no llegué a tener había sido alguien importante de su pueblo, un sitio pequeñísimo del norte donde Tomás nunca había querido llevarme, y mira que se lo pedí veces, que ni cuando murió mi suegra me dejó ir con él, debía traerle malos recuerdos, aunque no sé qué recuerdos porque era muy pequeño cuando se vinieron para Madrid.
Pues sí, me extrañó que mi futura suegra me lo dijera así, con ese tono tan repipiolo que tenía, no se debe venir así vestida a estos sitios, Lules, los chicos a esta edad necesitan de las chicas, y más los que están aquí, y sufren cuando no pueden tenerlas. Así que pensé que también doña Carmen me estaba pidiendo que atendiera a su hijo.
Me acuerdo como si fuera ayer de aquellas horas. Primero estuvimos un rato en su casa mientras Tomás se duchaba y se quitaba el olor a cárcel, eso dijo y al decirlo a mí me pareció Steve McQueen, con aquel pelo tan corto, que se lo habían rapado en el reformatorio a lo militar el mismo día que llegó y estaba todavía más guapo que antes. Luego insistió en acompañarme a casa, y ahí fue donde doña Carmen puso aquel gesto que tanto me molestaba, pero yo le di la espalda para no verla y salimos juntos.
Tomás y yo.
Sin mirar atrás.
6. QUE JUNTOS UN DÍA NOS VISTE PASAR
¡Mi novio, Tomás es mi novio!, me dije con la alegría de los 15 años, y me pegué a él por el camino oscuro, apretándome mucho a su cuerpo, aquellas farolas daban tan poca luz, y sentí su codo en mi pecho y como se movía, arriba y abajo, tan suave que casi me parecía que aquello no era verdad, que no me podía estar pasando a mí, que era yo que me lo imaginaba, y miré el perfil de Tomás, tan serio, duro como una roca, tan guapo como siempre pero tan distinto al Tomás de antes del reformatorio, y yo le seguía queriendo igual que siempre o quizá más porque de alguna manera todo volvía, poco a poco, a ser como antes, y casi me creí que Merche nunca había estado ni en nuestras vidas ni en nuestro barrio, que esa noche me parecía hasta bonito, lo que es el amor, que ni siquiera el olor a las mollejas fritas del bar de Cosme me impidieron mirar a la luna que no sé por qué me pareció que estaba un poco triste.
Esta noche no, me dije bajito, y me pegué más a Tomás.
Ya no estaba sola ante lo inevitable. Le quería, le quería, le quería aquella noche como nunca le he querido porque siempre le he querido, y no sé cómo pero me atreví y se lo dije, así, siempre te he querido, y entonces los dedos de Tomás rebuscaron por mi espalda el broche del sujetador y yo gemí como había visto hacer en la tele, y además me gustaba un poquito.
Siempre ha tenido las manos tan calientes...
Tomás levantó mi falda, me bajó las bragas nuevas de puntilla y me preguntó si me gustaba aquello, y yo le dije que sí, que me tomara, que eso es lo que había esperado durante toda mi vida y entonces, mientras me sentía como la verdadera protagonista de la película, sucedió.
Me dolió un poquito pero nada, además yo creo que Tomás ni entró, la verdad, y a lo mejor por eso él no acabó de creerme cuando le dije que estaba embarazada y doña Carmen me miró tan raro el día que mi madre y yo le exigimos que cumpliera como un hombre conmigo y él se puso tan nervioso diciendo que aquello no era posible, y tenía razón porque lo cierto es que no lo estaba, que todo fue una falsa alarma de esas, seguro que por culpa de los nervios y del amor que yo sentía por mi novio, aunque tampoco entendí que mi madre se pusiera tan nerviosa porque ya otras veces había tenido esos pequeños retrasos, producto, según el médico, de mi falta de actividad y de mi vida sedentaria, y a lo mejor el médico también tenía razón porque el caso es que al final el mismo día de la boda, mejor dicho la misma noche, me bajó la regla.
Yo creo que mi pobre madre se hizo un lío con las cuentas al ver a su hija ya con un novio del brazo, y yo no quise contradecirla, que todo hay que decirlo, porque además cuando se empeñaba en una cosa no había manera de hacer vida de ella.
¡Ay, madre, madre, qué tuya eras, pero cuánto te echo de menos!
Si no viene a comer me voy a tener que acercar a la peluquería, con la pereza que me da salir con este frío, pero no sé si voy a poder esperar a que Candelas cierre para preguntarle, a ver si me cuenta algo, porque tengo un desasosiego que para qué, que parece que barrunto algo, como decía mi madre que es que eres un poco bruja, hija mía.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
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