I. EL COMIENZO
La delicia y el perfume de mi vida
es la memoria de esas horas
en que encontré y retuve el placer
tal como lo deseaba.
Delicias y perfumes de mi vida,
para mí que odié
los goces y los amores rutinarios.
(Kavafis)
Noviembre de 195...
Recuerdo aquella noche con todo lujo de detalles. Ni uno sólo de ellos he olvidado.
Tal vez, y sólo tal vez, esas sombras ya no me atormenten como entonces, ni me agarre a su memoria como hice durante tanto tiempo después. No creo en ellas y, sin embargo, aún las evoco, no sé si como un sortilegio, un a modo de mantra contra pastillas e inyecciones, o como una maldición que me acompañará siempre.
Ya no importan lo porqués, ahora sólo me importa que cuando en la soledad de esta cama de hospital convoque a los fantasmas de aquellos días aún pueda revivir, con los dedos trémulos del deseo, ahora inútiles, aquellos ligeros perfumes que los acompañaron,
Me costó convencer a Andrés, el anciano librero que tanto me había ayudado cuando llegué a la ciudad, de la necesidad de remodelar su vieja librería dedicada al arte, o eso decía él a pesar de que no todo lo que se vendiera allí lo fuera. Tras muchas dudas y vacilaciones el pobre viejo había aceptado, aunque no dejó de refunfuñar ni uno solo de los días de aquellas larguísimas semanas que duraron las obras. Le había oído maldecirme, náufrago aferrado a un bastón de madera vieja, sorteando cascotes y ladrillos, pero por fin las obras habían acabado y no podía negarme que le gustaba el resultado.
Me sentía satisfecha y ebria de vanidad ante la mirada complaciente de Andrés y de los conocidos que poco a poco iban llenando la espaciosa sala. Ya no quedaba nada del antiguo local. Bueno sí, quedaba la señorial y decrépita fachada que lo sustentaba, pero eso no me importaba, más bien al contrario: precisamente la fachada recogía todo el espíritu de la tienda. Fuera lo que fuese ese espíritu por fuera, al menos el local ya no parecía el cubil de un alquimista encorvado sobre pócimas y redomas. Ahora los motivos orientales dominaban sobre los viejos mapas que antaño lo decoraron, y las obras de los grandes artistas disponían por fin de un lugar de honor donde antes sólo había polvorientos estantes. Las bellas siluetas de aquellas obras contrastaban con la blancura de las paredes,
una tenue luz caía sobre los cuadros y acogía cálidamente a los visitantes.
Era lo que yo había querido.
Aquella hermosa sala era mi obra.
Sí, había trabajado mucho aunque, con todo, lo peor había sido convencer al viejo, hombre introvertido, para celebrar aquella pequeña fiesta, maldita sea la hora, como la excusa perfecta para dar a conocer a los viejos amigos las nuevas reformas y hacer negocios. Esto último fue lo que le convenció definitivamente.
- Andrés, viejo querido, ojala estuvieras aquí, ahora, junto a esta cama blanca y áspera, para abrirme esa ventana de herrumbre y hollín y no cerrarla nunca más...

La noche era perfecta. Otoñal y, sin embargo, cálida. Traía en el aire el recuerdo de los naranjos. Ahora sólo un pequeño y enrejado trozo de cielo ilumina mi cama las noches de luna, la misma luna de aquella otra noche, vigía de mi destino tras el cristal por el que yo esperaba la llegada de los invitados.
Me sentía hermosa y extrañamente tranquila. No pude por menos de sonreír ante el recuerdo de mi propia imagen la tarde en que llegué a Sevilla con una pequeña maleta en las manos y unas enormes ansías de transformar mi vida. -Cuánto he cambiado desde entonces- me dije satisfecha. Y era cierto, nadie en el pueblo me hubiera reconocido en aquel momento. ¿Quién hubiera asociado a la niña mocosa y descalza que corría por los callejones como un gato, con la mujer que yo era aquella noche, tan elegante en un impresionante vestido negro de corte perfecto y sin un solo adorno. No me hacían falta. Unos zapatos, a juego, de un tacón que hubiera sido imposible para mí apenas unos meses atrás, realzaban mis tobillos.
Mis piernas se envolvían en unas delicadísimas medias negras...
No había abandonado mi amuleto, la única joya que rodeaba mi garganta. Nunca lo hacía: era mi única protección, tanto es así que estoy convencida de que a pesar de toda la realidad que caería sobre mí pocas semanas después, mi destino se torció el día que perdí mi talismán en aquella casa, callada y lejana, en la que tan sólo un ruido de trenes cercanos rompía su somnoliento vagar.
La casa de Pepe Cruz.
No quiero adelantarme, no tengo nada qué hacer esta tarde y mis recuerdos deben durarme hasta que llegue la enfermera con sus pastillas y su monocorde sonrisa. Nadie vendrá a visitarme, fuera hace demasiado frío,
y dentro de mí también.

Poco a poco la librería fue llenándose de gente. Una extraña mezcolanza de personajes a los que yo conocía en su gran mayoría: clientes, amigos de Andrés, algunos con sus amantes, otros solos, ninguno con sus esposas. Fetichistas ricos y ociosos que buscaban un glamour distinto y excitante en aquella tienda.
Lupe fue la primera en llegar dejando su estela de suavísimo perfume y sólida personalidad. El padre de Lupe había sido un gran amigo de Andrés así que ella sólo me había aceptado en su vida cuando comprobó que yo nunca le haría sombra en aquella casa. Hice lo contrario: le di mi confianza, a Lupe era mejor tenerla de amiga que de enemiga, la gente del pueblo aprendemos enseguida eso de los demás. Aquella noche no venía sola. Le acompañaba un hombre que, por primera vez desde que yo la conocía, parecía estar a la altura de su fuerte personalidad.
Se dirigió directamente a mí con su espectacular sonrisa y una boquilla entre los labios perfectamente maquillados. El hombre la seguía sin dejar de mirarme, lo que echó por tierra parte de mi seguridad inicial de aquella noche. Me lo presentó como Pepe Cruz, un prestigioso médico y -... un atractivo hombre-, acerté a oír las palabras de Lupe aprovechando el beso de saludo. La conocía lo suficiente como para saber que no daba puntada sin hilo así que no dudé que si le había traído a la fiesta era porque tenía algún plan.
Más tarde supe que yo era el plan. Pero entonces ya era demasiado tarde.
II. PEPE CRUZ
-¿Por qué no te acercas a Pepe y charlas un ratito con él? Verás qué hombre tan interesante- me espetó en el primer momento que me vio libre-, no sales nada cariño, te pasas los días encerrada en esta casa o paseando por la ciudad como un alma en pena. Pepe puede descubrirte mundos increíbles y…, - Lupe dejó la frase en suspenso como si no se decidiera a seguir. A Lupe le encantaba darse misterio.
Yo esperaba paciente, sabía que enseguida continuaría si no la interrumpía y así fue: – depravado, niña, es un depravado, elegante y encantador que te hará tocar las nubes, y eso sólo la primera vez- compuso tal gesto en la cara que me eché a reír abiertamente. La verdad es que no pensaba en el sexo desde hacía meses y aquella alusión tan directa me sorprendió, hasta aquel momento no me había dado cuenta que Lupe no sólo observaba el mundo, también me observaba a mí.
- ¿Qué mundos increíbles? –bromeé con ella- ¿no será de esos que te mete cualquier tripi en el café? No tiene pinta, parece tan irreprochable y educado que nadie diría que se droga…
-Pero, ¿qué dices?-, chasqueó la lengua reprobándome, un gesto característico suyo que yo conocía muy bien-, te estoy hablando de otros mundos, niña. Mundos del sexo, del placer, ¿recuerdas lo que es eso, bonita? –a veces Lupe podía ser muy cruel, -Pepe te vendría al pelo, no pide nada, da libertad y está deseando conocerte. Le he hablado mucho de ti –acompañó la frase con un ligero codazo, -y, mírale, no te quita los ojos de encima, qué descarado¡ parece no importarle que se le note-…
En efecto, así era. Allí estaba aquel hombre extraño y silencioso, apoyado en la chimenea, mirándome fijamente mientras se fumaba una pipa tranquilo, pausado, como si me evaluara y me deseara a la vez. Parecía un dios pero sus ojos eran los de un demonio, seductor y bello. Un agradable cosquilleo se deslizó sinuoso por mi columna vertebral cuando coincidieron nuestras miradas. Entonces Pepe sonrió y supe que esa sonrisa llevaba implícito el conocimiento de lo que me estaba sucediendo. - Eso sí, niña –Lupe seguía con su perorata, dudo que ajena a todo lo que sucedía fuera de nosotras dos-, ni se te ocurra enamorarte-...
-vete, vete ahora mismo-, Ahora lo sé: aquella noche empecé a volverme loca. No se debe jugar con el tiempo. No se debe jugar con lo que es más sabio que nosotros. -Ningún cartón le enseñará al doctor Linden el origen de mis desvaríos-. Este pensamiento me ha arrancado una sonora carcajada que, y eso me hace reír aún con más fuerza, resuena lúgubre en los pasillos silenciosos del hospital. Un año antes... Guadalupe Hidalgo Losada, única hija del conocido empresario sevillano y galerista de arte D. Andrés Hidalgo y Jiménez, ha sido asesinada la noche pasada en el domicilio particular del prestigioso doctor en Cirugía, don José María de la Cruz y Fuentes, gran amigo de la familia Hidalgo y de cuya única heredera, ahora fallecida, se había convertido en inseparable a raíz de la muerte del padre de la joven, ocurrida hace apenas seis semanas.
Una pequeña algarabía detuvo nuestra conversación: Magda Giuliani llegaba, como siempre envuelta en una corte de admiradores. Mientras Magda se detenía en la puerta mirando con cara de fingido arrobo lo que veía, ya Lupe me susurraba que no creía que aquel apellido fuese real: sostenía con maldad que en realidad su apellido era Pérez. Me reí. Lupe no soportaba pasar a un segundo plano en ningún aspecto, así que había convertido a Magda en el rival número uno a abatir.
Se llamara como se llamase, Magda Giuliani acaparaba la atención de todos los aficionados a la fotografía fetish. Era una mujer bellísima que había sido la modelo favorita de uno de los grandes, lo que la rodeaba de una aureola casi mística. Venía acompañada de un tal London, un joven ambiguo, que la miraba con el ardor de un candoroso enamorado.
Lupe no pudo resistir la curiosidad y se lanzó a saludar a Magda entre sonrisas y pequeños grititos. -Magda querida, ¡justo nos faltabas tú¡ Qué bellísima estola, ¿qué es? ¿armiño? ¡Eso sólo puede ser un regalo de alguien que te adora¡-. Era asombrosa, nunca acababa de sorprenderme su capacidad para sacar de cualquiera casi cualquier información, por mínima o tonta que pareciera. Sabía de todo y de todos, cuándo guardar la información que conseguía y de qué manera propagarla. El cómo lo hacía era un misterio para mí.
De repente, una voz masculina me sacó de mis cavilaciones. Era grave, firme y clara y esparció su aliento muy cerca de mi cuello. Quizá fue mi imaginación pero sentí una pequeña vibración en el amuleto, justo en el hueco de mi garganta. Ahora pienso si no fue un aviso que yo ignoré a sabiendas. Olí a madera y a tabaco mientras que aquellas palabras, eternas en mi memoria, acallaron, sin que nadie más que yo lo percibiera, todas las demás voces de la sala: -Estarías preciosa con un collar de perra, Clara… un collar de perra y esos tacones que llevas puestos, nada más-, y sin esperar mi respuesta prosiguió:-acompáñame, salgamos de todo este ruido estéril. Busquemos el silencio-.III. EL FUEGO DE LA VANIDAD
Las que se borran son las otras, la de Andrés por ejemplo,-¡viejo querido! ¿qué habrá sido de ti?- que aparece cada vez más desdibujada en mi memoria. Antes su sonrisa conjuraba a la otra, ahora ya no. La sonrisa de Lupe aquella noche de luna llena ha permanecido inalterable mientras que la de Andrés se asemeja cada vez más a un retal de saldo de la otra vida que una vez viví y que ya no volverá nunca. El doctor dice que estos pensamientos no contribuyen en nada a mi recuperación. No me importa. No quiero recuperarme. ¿Para qué? Fuera tampoco hay nadie que me sonría como Andrés lo hacía.
Aprovechando el pequeño maremoto que la entrada de Magda había propiciado, Pepe, asiendo suavemente mi codo, me guió hacia la puerta. Yo me dejé llevar, sin pensar, sin reparar apenas en los ojos de Andrés mirándome tristes mientras me marchaba. Ahora que veo mis muñecas vendadas y atadas a mi cuerpo me rebelo contra aquellos instantes: ¿por qué Andrés no me detuvo cuando me vio salir aquella noche?, ¿por qué la alarma interior que tan útil me había sido en otras ocasiones calló ante Pepe? Los humanos creemos controlarlo todo hasta que alguien más poderoso que nosotros llega a nuestras vidas y acalla todas las voces que avisan del riesgo. Vulnerables a los fantasmas que nos encadenan somos peones de aquellos que nos invitan a conjurarlos.
Caminaba deprisa junto al desconocido que se movía por aquellas calles como si hubiera nacido en ellas y fue precisamente esa soltura lo que me hizo notar que el hombre no había pasado su niñez allí. Era demasiado elegante para un barrio que sólo hacia unos años que se había puesto de moda entre la gente guapa de Sevilla, aunque no tantos como para olvidar que aquellas calles y sus casas blancas y -¡por fin!- bien forjadas (y por las que ahora se pagaban millonadas), eran el hogar de la clase trabajadora, de los que se levantan a las seis de la mañana para irse al tajo o a la fábrica, algo que ni Pepe ni Lupe podían imaginar siquiera.
Permanecía silencioso mientras caminaba. Ni un solo momento desprendió su mano de mi brazo, no por miedo a que escapara sino imponiendo su camino y permitiendo que mis pensamientos fluyeran libres, aunque sin aminorar el paso. No pregunté donde íbamos, era un detalle que carecía de importancia.
No podía dejar de mirarle a hurtadillas, sintiendo el calor de sus dedos tan masculinos sobre la piel de mi brazo, era un hombre tan atractivo, ojos grises, nariz romana y una boca lasciva que se curvaba en una sonrisa casi infantil y misteriosa a la vez y que parecía no responder a una causa determinada, no me podía creer que un hombre así se hubiera fijado en mí, toda la herencia de la chica de pueblo que yo era cayó sobre mí en aquel paseo, pero a él parecía darle igual todo, tan acostumbrado a esas frivolidades que le eran ajenas, se movía seguro de sí, mirando al frente, ágil entre los pequeños grupos que, a la luz de la luna, se reunían en una de las últimas noches cálidas del año.
Algunas mujeres se volvieron y me miraron con envidia y ante esas miradas que el hombre levantaba a su paso yo me sentí poseída de una extraña sensación a la que no estaba acostumbrada. La vanidad esponja nuestros gestos y los suaviza, creemos que nuestra garganta es la del cisne y nuestra espalda la del caballo aún sin domar, los pies se vuelven ligeros y parecen adornados por pequeñas notas musicales, audibles sólo para nuestro corazón. La vanidad nos embellece y a los humanos, pobres ignorantes de sus consecuencias, eso es lo único que nos importa.
Levanté la barbilla con orgullo y le miré: también él me miraba, llevaba una mueca extraña en la boca y supe que se reía de mi engreimiento, lo que me avergonzó. -Clara querida, disfrútalo- susurró en mi oído. Su aliento era cálido y suave. Mientras lo decía sus dedos acariciaban mi brazo, tan lentamente que ahogué un gemido. Lupe tenía razón, llevaba demasiado tiempo sin un hombre.
Pues bien, ahora iba con uno que había conocido esa misma noche y a sabiendas de que algo iba a cambiar decisivamente en mi vida. Lo sabía con la tranquilidad de lo que se sabe predestinado, como si todo lo vivido en los últimos meses no fueran más que las señales que me habían conducido hacia esa puerta blanca y pulida ante la que nos detuvimos. Mientras la abría susurró algo sobre el olor de la casa y me invitó a pasar. Me invadió un ambiente de incienso, tabaco de pipa y silencio.
Sólo entonces, mientras cerraba la puerta, Pepe aflojó su mano de mi codo.IV. LA MITAD OSCURA
Una cautivadora penumbra me envolvió como una delicada túnica de seda. En aquella habitación extraña el silencio era el de los claustros por los que tanto suspiré siendo apenas una niña. Como un eco de nostalgia, o quizás de temor, la ya olvidada vocación infantil brotó de algún lugar perdido de mi cerebro, y entonces la oí, la alarma, aunque ya muy debilitada,
pero yo llevaba toda la vida huyendo de cualquier cosa que me recordara mi niñez. Por una vez, no iba a dar la espalda a la puerta que se abría ante mí, por muy oscuro que fuera su interior. Soberbios, necios, pocas veces obedecemos nuestro instinto cuando sus indicaciones no nos resultan gratas a los sentidos.
Ha entrado la enfermera al oírme reír. ¡Es tan joven! ¿Qué hace aquí atendiendo a una pobre loca? Veo sus ojos huidizos mientras me inyecta algo en el brazo. Ni siento el pinchazo mientras disfruto con el terror que le producen mis ojos fijos en ella. Noto como tiembla mientras retira la aguja de mis venas heridas. Apaga la luz desde la puerta. Le doy miedo, lo sé. No es extraño: yo también me lo doy.
-Ponte cómoda y espérame en el salón- y sugirió:- -a los pies del sofá estarás mejor-.
Avance vacilante hacia el enorme salón cuyas paredes estaban completamente cubiertas de grabados, fotografías de bellas mujeres en lascivas y elegantes posturas, iconos eróticos junto a antigüedes asiáticas. Me acordé de Andrés: algunas de aquellas piezas que ahora veía habían sido adquiridas en aRT NeMo.
El ordenador portátil descansaba junto a un incensario de aspecto tibetano sin que la mezcla de objetos en el tiempo desvirtuara la calidez de la estancia. Una amplia librería repleta de obras clásicas que reposaban junto a los autores más contemporáneos y una enorme terraza que rodeaba la gran sala en dos de sus frentes completaban la habitación, con la única nota dispar de que el amplio ventanal carecía de cortinas y la luna llena, rebosante y plena a esas horas de la noche, bañaba de plata toda la escena como un diablo irónico iluminaría la cueva del ángel caído.
Nunca antes me había sentido tan plegada a los elementos naturales como aquella noche, era consciente de ello mientras me iba desprendiendo de cada una de mis prendas. Primero el vestido, de un leve tirón de la cremallera y luego las bragas empapadas, que me dejaron una extraña sensación de ansiedad entre los muslos. Comenzaba a quitarme las medias cuando la voz de Pepe, muy cerca de mi espalda, detuvo mis movimientos:
- No sigas, Clara, quiero adornarte con mis joyas más hermosas-. Sonreía como sólo los dioses paganos saben hacerlo. -Ven-.
Y lo hice: bajé la cabeza y fui hacia él. Hace unos momentos tan orgullosa y ahora, tan vulnerable en mi desnudez, ni siquiera me atrevía a levantar la mirada. Me acerqué lentamente hasta que estuve a su altura. La piel me quemaba cuando Pepe, con la mano que le dejaba libre la pipa que no desprendía de sus dedos, acarició mis pechos, se detuvo en los pezones que pellizcó levemente para, sin detenerse, acariciarlos de nuevo. Gemí. Entonces rodeó mi cintura, acercándome más a él, y me susurró –Abre las piernas para mí, zorra-.
Aquello era una orden y yo le obedecí como si fuera la cosa más natural del mundo. Eso era en aquel momento: una zorra, y él lo sabía y disfrutaba con el placer que el descubrimiento me proporcionaba. Desde aquí, desde el tiempo que es ahora, veo como me retuerzo, su brazo libre me sostiene mientras mi cuerpo se derrama al abandono de sus dedos ágiles hurgando en mi sexo inflamado. Trasteando, ausentes de todo respeto. Sabio, abrazaba la soledad de mi vida y lamía mis lágrimas mientras me acariciaba con cálida avaricia. -Estoy protegida-enredé los dedos en el amuleto que pendía de mi garganta-, pero Pepe ya me lo estaba quitando mientras mordía suave mis lóbulos, mis mejillas, la comisura de mis labios. Su boca tenía el sabor de lo que yo había estado esperando durante toda mi vida.
Quiero volver a reír pero la inyección me ha dejado tan débiles los músculos que sólo soy capaz de emitir una especie de ridículo cloqueo.V. LAS APARIENCIAS SIEMPRE ENGAÑAN
Esta mañana ha vuelto ese maldito doctor Linden. Es domingo, el día del señor que con una palabra suya sana. Algo que no tiene demasiado mérito, yo misma conocí a un hombre que con su palabra sanaba. Era la misma con la que mataba.
Parecía un dios, pero no lo era, las apariencias siempre engañan.
Linden, por ejemplo, el guapo doctor, casi se le puede rozar el aura de seguridad que rodea toda su bata, tan blanca, tan acogedora en su aroma inconfundible a jabón doméstico y hogar, un perfecto casado al que, sin embargo, he oído gemir en la habitación contigua a la mía, la que siempre está vacia por si llega algún ingreso urgente. Y no gemía solo. Mujeres siempre distintas, rendidas a sus maneras elegantes, plegadas a esa voz perfectamente modulada de niño bien, tan afectuoso y amable que hasta las enfermeras más veteranas le miran con devoción y un punto de deseo en los pechos temblorosos que ni ellas mismas reconocerían. Es fácil dejarse sanar por los que parecen más sabios que nosotros. Cualquiera puede hacer milagros con las palabras, la única contrariedad es que duran demasiado poco, pero ¿qué milagro sobrevive a la rutina de los días?
La joven enfermera le habrá advertido de lo “inquieta” que ha pasado la noche la paciente de la 607. Trae ese horrible trozo de papel amarillento dentro de una vieja cartera de cuero, probablemente un recuerdo de sus años de estudiante. Me dan ganas de provocarle, vaya lecturas para un hombre tan inteligente como él, pero he permanecido callada. Linden sacaría hilo de mis palabras, conozco a los de su especie, se pasan años estudiando las caras de los demás, las voces de los otros, pero ellos jamás se miran en el espejo de sus libros. Ha vuelto a leerlo en voz alta. Despacio. Recreándose en cada palabra. Cree que así recordaré lo que ocurrió.
Cómo si pudiera olvidarlo.
No quiero oírle, otra vez no, así que he mirado al frente todo el rato, a la candorosa niña que reza con las manos juntas y el níveo velo, encaje puro y bien dispuesto en torno a su rubia cabecita de rostro recogido. Es la misma que vigilaba nuestro sueño de huérfanas en el convento del pueblo, orando callada, inmune al olor a repollo demasiado cocido bajo una apariencia de linóleo pulcro de lejía y aguarrás. Todas nosotras debíamos ser como aquella niña y eso es lo que ellas, las madres, iban a enseñarnos, quisiéramos o no. Un pequeño insecto trepa por las manos de la pequeña virgen. Me entretengo observando como el bicho negro mancilla el rosario que lleva prendido entre los dedos. Estarían orgullosas de mí, he sido una de las alumnas más aventajadas en sumisión y recogimiento.
El maldito doctor me mira de reojo mientras lee, no consigo engañarle, lo sé, pero yo siempre seré más astuta porque ya nada puede hacerme daño. ¿Qué importa lo que diga un trozo de periódico, amarillento y arrugado, escrito hace meses? Entonces yo seguía a Pepe como una autómata, donde quisiera llevarme allí iría yo, detrás, lamiendo sus pies, como una esclava devota que ha sido rescatada de alguna jaula sucia y oxidada para servir de compañía a un dueño caprichoso. Una doma clásica, sin grandes complicaciones, como se amaestra a esos animales tercos que responden tanto al palo como a la galleta. Al fin y al cabo, las perras de la calle que nada han tenido se conforman con poco, y son de lo más agradecidas. Harta estaba de oírselo decir a Lupe, sin que yo misma pudiera evitar hacer la comparación.
Al fin y al cabo encontramos lo que merecemos.
Un análisis clínico de lo más aparente, doctor Linden.VI. EL ECLIPSE
Desde el vestíbulo se divisaba el conocido resplandor de la chimenea encendida. Percibí el sonido monocorde e hipnótico de una música oriental. En el aire flotaba el aroma habitual de la sala pero esa noche había algo más, un perfume que reconocí al instante. Lupe estaba allí, y lo cierto es que no me sorprendió nada.
Esperaba ese momento, tal vez desde la noche de la fiesta. Lo intuí desde el principio y tomé conciencia poco después. Pepe y Lupe sabían que yo soportaría todo con tal de tenerle, que sólo era cuestión de tiempo, y era verdad, pero la necesidad agudiza la astucia y la vanidad de ambos favoreció que yo pudiera observarles fácilmente, y así estudié cada gesto, escudriñando los tonos en el fingido interés de Lupe por los detalles de nuestros encuentros, en su deseo de estar presente en cada sugerencia, esto le encantaría a Pepe, hazme caso que yo le conozco bien. Hasta los regalos que él me hacía tenían el espíritu de Lupe. Perfume de lilas. Perfume de putas, reíamos ambas cuando comparábamos nuestros respectivos aromas.
Todo no se puede tener, Clara querida. Palabra de dios.
Lo supe nada más entrar en la sala, aquella sala en la que el tiempo se detenía. Esa noche era Lupe la que tendría por fin su recompensa, esa noche le sería concedido cualquier capricho que tuviera, disfrutaría de su merecido regalo por haber sabido ser fiel a los dictados de su dueño. Y yo era el premio, ser el objeto del deseo de ambos debería hacerme sentir orgullosa.
Eso dijo él. Te alabamos, Señor.
Mi risa ha sorprendido al doctor Linden. Levanta la mirada, clara y noble, de hombre sin más secretos que los de los demás. Yo también le miro, sabe que no me engañan sus ojos, ni su aparente atención a mi caso desde que me encerraron aquí. Además, ha sido sólo un momento, enseguida ha vuelto a sus papeles sin fijarse apenas en la cicatriz de mi cara. La estoy sintiendo, aquí, ahora, en la sien ardiente su inicio, la mejilla partida en una encrucijada carmesí. Desearía recorrerla, recordar la huella que él me dejó. Miro mis muñecas. Ni siquiera eso puedo. Están vendadas. Tan rotas como mi risa.
-¡Desnúdate! -su voz era apenas un silabeo- Lupe está deseando azotar tus hermosas nalgas, zorra. Y yo obedecí. Sí, obedecí. Obedecí. Obedecí. Sintiendo mi rostro caliente de humillación y mi sexo húmedo de deseo. Era su puta, bien enseñada, a la espera de mi compensación.
¿Qué otra cosa hacen las perras?
-Deje de escribir, míreme-, estoy a punto de gritar al médico, que no para de hacer anotaciones en su cuaderno de tapas duras, el cuaderno de los casos difíciles como él mismo lo denomina. El papel amarillento permanece en el mismo lugar, inmutable, incandescente de puro rancio, la absurda prueba de que una vez yo estuve allí, en aquella casa donde el doctor me encontró y me tapó con su abrigo. El olor masculino y limpio me envolvió como una manta de calidez, en medio de las voces y los flashes de los fotógrafos.
Hacía tanto frío aquella noche…
Lupe avanzó hacia mí con aquella sonrisa, aquella sonrisa, en la cara. Alzada en el trono inconfundible de sus altísimos tacones era una figura impresionante y, sin embargo, cuando habló, su voz, aquella voz impropia, chillona, enturbió la atmósfera para transformarla en un ridículo sainete.
La soberbia, esa emoción tan vulgar.
Siento los dedos de Linden sobre mis hombros. Prietos. Fuertes. Protectores.
Estrechando sólo un montón de huesos.
Olvidar, eso quiero. Olvidar los besos de Pepe cuando quise levantarme, la lucidez ya presente en mi rostro. Olvidar el instante de debilidad al sentir sus manos, bálsamo para mi piel, abandonada a las palabras tranquilas, solemnes, sanadoras.
Olvidar el rastro de mi última caricia en la curva de su cuello.
Entonces le pregunté.
Vaciló, sólo un instante. Respondió:
-No te quiero, Clara.
No le creí, ¿cómo hacerlo si mientras hablaba no dejaba de mimar cada línea de mi cuerpo?
Me agarré a su muñeca como un náufrago al último madero.
-No te quiero-, repitió.
Las negué, gimiendo. Sentía su boca ardiente acariciando mi lengua en vibrantes mariposas de placer.
Cerré los ojos.
- No te quiero-, y un deje de hastío en el tono.
El golpe de su fusta cortó mi rostro por sorpresa, pero entonces ocurrió algo extraño: una telaraña de luz, casi monstruosa en la penumbra, cayó sobre mí. Ángel de la guarda. Comprendí su frialdad cuando, después de cada cita, nuestras carnes se separaban. No era impostada, era hartazgo. Dulce compañía. Entendí sus largos silencios, no eran recogimiento sino vacío. No me dejes sola. Y le creí. Ni de noche, ni de día. Era verdad. No me dejes sola. No me quería.
Les miré. No a los ojos. No me atreví. Que me perdería.
Ví sus bocas, sonriendo. La de Lupe, cuán cruel puede llegar a ser la belleza. La de Pepe, infantil salvo en la mirada obscena. Juntos. Satisfechos.
Sólo dos bestias más en una noche de luna llena.
Era verdad. No me quería.
Y la luz se hizo fuego.
Como si hubiera sentido mi grito silencioso, Linden aproxima mi silla de enferma a la ventana. Permanece tras de mí, callado y sólido mientras miramos caer la tarde de noviembre sobre la tristeza caduca de las acacias.VII. EL FINAL SÓLO ES UN VIEJO PERIÓDICO
DIARIO DE LAS PROVINCIAS
2 de noviembre de 1950
Según fuentes de la investigación a las que ha tenido acceso este periódico, el doctor de la Cruz llegó a su domicilio pasada la medianoche, después de haber participado en un congreso médico que le retuvo en Lisboa todo el fin de semana. A las preguntas de la policía declaró no haberle sorprendido encontrar el abrigo de Guadalupe colgado en el vestíbulo ya que, dados los años de amistad que les unían, la joven frecuentaba la casa siempre que lo deseaba, sola o con su amiga Clara, por lo que no era extraño que hubiera decidido pasar la noche de difuntos en ella. Según reconoció el propio doctor de la Cruz la pobre muchacha no lograba conciliar bien el sueño desde la muerte de su padre, ocurrida precisamente en la casa familiar.
Fue al entrar en la biblioteca donde el doctor de la Cruz encontró el dantesco espectáculo. Guadalupe yacía a los pies de la chimenea aún encendida, mientras Clara Luján lloraba arrodillada frente al cadáver, sin duda consciente de su crimen a pesar de las terribles heridas que ella misma se había infringido en las muñecas con el presunto deseo de acabar con su vida. El doctor de la Cruz llamó inmediatamente a la policía y después atendió a la asesina, como no podía ser de otra manera dado su doble deber de médico y caballero español.
Clara Luján había llegado al servicio doméstico de la familia Losada tres años después del fin de nuestra gloriosa contienda, procedente de un pequeño pueblo de la dehesa extremeña. Sin familia conocida, y a pesar de su corta edad –apenas 14 años-, su astucia y ambición le sirvieron para disfrutar de la amistad de don Andrés, hombre de gran corazón, quien con el paso del tiempo llegó a encargarle el diseño de su nueva tienda, la conocida y exquisita aRT NeMo, situada en pleno centro de Sevilla. Utilizando esas mismas armas conquistó también el cariño de la señorita Guadalupe quien le regaló, en palabras que el propio doctor de la Cruz expuso con lágrimas en los ojos, “lo mejor que una joven española puede regalar en nuestros días: amistad y los valores de una familia cristiana”.
Dado el estado de shock y confusión mental en el que la asesina permanece, el magistrado Macías ha dispuesto que Clara Luján sea entregada a la custodia del inspector Linden, doctor en Psicopatología Criminal y destinado en la Brigada de Investigación Criminal de nuestra ciudad, y que sea confinada en el Hospital Psiquiátrico Municipal hasta que pueda declarar sobre el crimen que ha cometido.

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