
¡Ya está otra vez la argentina con los tangos! Desde que se han instalado en el piso de arriba mío no para, todas las mañanas lo mismo, el caminito que el tiempo ha borrado a todo meter por el patio mientras yo ando con la ropa sucia en la terraza de la cocina, que ya lo tengo asociado al olor de las camisas de Tomás, porque será la canción o no sé pero el caso es que cierro los ojos y no puedo evitar olerlas mucho, mucho, antes de meterlas en la lavadora.
No es que me queje, no, que me gustan los tangos, además me dan un poco de pena los nuevos vecinos, menuda morriña que tendrán de su tierra y encima se han chupado dos inviernos este año, que no acababa de llegar el buen tiempo allí cuando ya aquí empezó a refrescar, justo cuando llegaron ellos, y sin un duro, que yo no sé para qué sale la gente de sus países ni para qué se meten en política, con la de problemas que trae eso.
A mí los argentinos me caen bien, será porque los tangos me recuerdan mucho a mi padre, y no para mal, que sólo me dan como una tristeza un poco bonita, como dulce, casi como que puedo verle los domingos por la mañana con sus canciones alegrando la casa y a él tatareándolas, tan feliz que hasta parecía más joven. En esas mañanas, con sus mejillas recién afeitadas oliendo a Varón Dandy, era cuando yo más le quería.
Me sentaba a su lado mientras miraba como cambiaba la aguja de su TELEFUNKEN, comprado a plazos durante un año entero. Luego limpiaba cuidadosamente el disco que había elegido y si hacía falta barnizaba la tapa para que no perdiera brillo. Con él supe quien era Edith Piaf, que mi padre oía como a escondidas y que a mí me encantaba, si yo hubiera tenido esa voz no me hubiera importado ser fea. Me aburría con el flamenco que él oía casi con veneración, lo normal: era su tierra a la que no había vuelto, pero sobre todas las cosas le encantaban las zarzuelas y los tangos de Carlos Gardel, que se sabía de memoria.
Ni a mi madre ni a mí se nos ocurriría tocarlos siquiera, un rayajo y mi padre nos hubiera tirado por la ventana. Mi canción favorita era aquella que se llama “El día que me quieras” y que a mi padre le ponía tan callado. Nunca he sabido por qué miraba a mi madre con ojos como no sé, de pena o de impotencia o de ayuda, vete a saber, el caso es que mi madre ni se acercaba, allí se quedaba en la puerta, sólo mirándole, con la barbilla levantada, mientras mi padre se iba como encogiendo en el sofá, que parecía que le regañara, como si por ponerse triste fuera menos hombre o algo así. Esas cosas de mi madre a mí no me gustaban y me daban muchas ganas de abrazar a mi padre y decirle que yo sí le quería, que yo le quería mucho, pero no sé por qué no lo hacía y sólo era capaz de quedarme oyendo la canción y soñando que alguna vez un hombre necesitaría tanto que yo le quisiera como el del tango.
La primera vez que le dejé hacer a Tomás fue el día que salió del reformatorio, y si lo hice fue porque mi madre me dijo que el pobre chico necesitaría mucho cariño, que bien que me achuchó para que me arrimara a Tomás, claro que para eso yo tan contenta, diciéndome que yo en ese tiempo me había convertido en su única amiga, prácticamente una novia, la única que no dejó de visitarle ni un solo domingo, y eso sí que es verdad que de Merche ni supimos y digo yo que se curaría algún día por muy profunda que hubiera sido la dichosa cicatriz, que tampoco era para tanto vamos digo yo, y de todas maneras mejor que no fuera, porque así él vio como yo me iba transformando en una bella mujercita, que era como me llamaba mi madre, toda orgullosa de mí.
Así que eso hice esa tarde, un año después de aquello, que pasó volando como predijo mi madre, le fui a buscar con doña Carmen que, aunque insistió en que prefería ir sola mi madre no se lo consintió, que desde que Merche se había ido, y había pasado lo que había pasado con Tomás, la pobre doña Carmen no levantaba cabeza, así que mi madre, que después de todo era un pedazo de pan, se había convertido en su protectora y amiga.
La madre de Tomás no abrió la boca en toda la tarde, pero lo que es yo no paré de hablar, nerviosa como estaba con mi ropa nueva, una falda preciosa de campana que mi madre me había comprado esa misma mañana y una blusita blanca con la que se me veía un poquito el sujetador nuevo de encaje blanco. Los chicos del reformatorio me silbaron cuando me vieron pasar junto a doña Carmen que, por cierto, hizo un comentario la mar de parecido a los de mi madre, cosa que me extrañó porque dos personas más distintas en mi vida he visto, sería porque doña Carmen era viuda de verdad y mi madre no, que en el barrio decían que se le puso el pelo todo blanco el día que la policía se llevó a su marido que por lo visto tenía papeles políticos en la casa, de los rojos y esas cosas, parece ser que el suegro que yo no llegué a tener había sido alguien importante de su pueblo, un sitio pequeñísimo del norte donde Tomás nunca había querido llevarme, y mira que se lo pedí veces, que ni cuando murió mi suegra me dejó ir con él, debía traerle malos recuerdos, aunque no sé qué recuerdos porque era muy pequeño cuando se vinieron para Madrid.
Pues sí, me extrañó que mi futura suegra me lo dijera así, con ese tono tan repipiolo que tenía, no se debe venir así vestida a estos sitios, Lules, los chicos a esta edad necesitan de las chicas, y más los que están aquí, y sufren cuando no pueden tenerlas. Así que pensé que también doña Carmen me estaba pidiendo que atendiera a su hijo.
Me acuerdo como si fuera ayer de aquellas horas. Primero estuvimos un rato en su casa mientras Tomás se duchaba y se quitaba el olor a cárcel, eso dijo y al decirlo a mí me pareció Steve McQueen, con aquel pelo tan corto, que se lo habían rapado en el reformatorio a lo militar el mismo día que llegó y estaba todavía más guapo que antes. Luego insistió en acompañarme a casa, y ahí fue donde doña Carmen puso aquel gesto que tanto me molestaba, pero yo le di la espalda para no verla y salimos juntos.
Tomás y yo.
Sin mirar atrás.
Imagen: Martha Glinska
1 comentarios:
Nochebuena 2008
Los pasos, que las personas que más quieres y más te quieren estén siempre contigo.
Mua
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