
[De Eclipses]
Desde el vestíbulo se divisaba el conocido resplandor de la chimenea encendida. Percibí el sonido monocorde e hipnótico de una música oriental. En el aire flotaba el aroma habitual de la sala pero esa noche había algo más, un perfume que reconocí al instante. Lupe estaba allí, y lo cierto es que no me sorprendió nada.
Esperaba ese momento, tal vez desde la noche de la fiesta. Lo intuí desde el principio y tomé conciencia poco después. Pepe y Lupe sabían que yo soportaría todo con tal de tenerle, que sólo era cuestión de tiempo, y era verdad, pero la necesidad agudiza la astucia y la vanidad de ambos favoreció que yo pudiera observarles fácilmente, y así estudié cada gesto, escudriñando los tonos en el fingido interés de Lupe por los detalles de nuestros encuentros, en su deseo de estar presente en cada sugerencia, esto le encantaría a Pepe, hazme caso que yo le conozco bien. Hasta los regalos que él me hacía tenían el espíritu de Lupe. Perfume de lilas. Perfume de putas, reíamos ambas cuando comparábamos nuestros respectivos aromas.
Todo no se puede tener, Clara querida. Palabra de dios.
Lo supe nada más entrar en la sala, aquella sala en la que el tiempo se detenía. Esa noche era Lupe la que tendría por fin su recompensa, esa noche le sería concedido cualquier capricho que tuviera, disfrutaría de su merecido regalo por haber sabido ser fiel a los dictados de su dueño. Y yo era el premio, ser el objeto del deseo de ambos debería hacerme sentir orgullosa.
Eso dijo él. Te alabamos, Señor.
Mi risa ha sorprendido al doctor Linden. Levanta la mirada, clara y noble, de hombre sin más secretos que los de los demás. Yo también le miro, sabe que no me engañan sus ojos, ni su aparente atención a mi caso desde que me encerraron aquí. Además, ha sido sólo un momento, enseguida ha vuelto a sus papeles sin fijarse apenas en la cicatriz de mi cara. La estoy sintiendo, aquí, ahora, en la sien ardiente su inicio, la mejilla partida en una encrucijada carmesí. Desearía recorrerla, recordar la huella que él me dejó. Miro mis muñecas. Ni siquiera eso puedo. Están vendadas. Tan rotas como mi risa.
-¡Desnúdate! -su voz era apenas un silabeo- Lupe está deseando azotar tus hermosas nalgas, zorra. Y yo obedecí. Sí, obedecí. Obedecí. Obedecí. Sintiendo mi rostro caliente de humillación y mi sexo húmedo de deseo. Era su puta, bien enseñada, a la espera de mi compensación.
¿Qué otra cosa hacen las perras?
-Deje de escribir, míreme-, estoy a punto de gritar al médico, que no para de hacer anotaciones en su cuaderno de tapas duras, el cuaderno de los casos difíciles como él mismo lo denomina. El papel amarillento permanece en el mismo lugar, inmutable, incandescente de puro rancio, la absurda prueba de que una vez yo estuve allí, en aquella casa donde el doctor me encontró y me tapó con su abrigo. El olor masculino y limpio me envolvió como una manta de calidez, en medio de las voces y los flashes de los fotógrafos.
Hacía tanto frío aquella noche…
Lupe avanzó hacia mí con aquella sonrisa, aquella sonrisa, en la cara. Alzada en el trono inconfundible de sus altísimos tacones era una figura impresionante y, sin embargo, cuando habló, su voz, aquella voz impropia, chillona, enturbió la atmósfera para transformarla en un ridículo sainete.
La soberbia, esa emoción tan vulgar.
Siento los dedos de Linden sobre mis hombros. Prietos. Fuertes. Protectores.
Estrechando sólo un montón de huesos.
Olvidar, eso quiero. Olvidar los besos de Pepe cuando quise levantarme, la lucidez ya presente en mi rostro. Olvidar el instante de debilidad al sentir sus manos, bálsamo para mi piel, abandonada a las palabras tranquilas, solemnes, sanadoras.
Olvidar el rastro de mi última caricia en la curva de su cuello.
Entonces le pregunté.
Vaciló, sólo un instante. Respondió:
-No te quiero, Clara.
No le creí, ¿cómo hacerlo si mientras hablaba no dejaba de mimar cada línea de mi cuerpo?
Me agarré a su muñeca como un náufrago al último madero.
-No te quiero-, repitió.
Las negué, gimiendo. Sentía su boca ardiente acariciando mi lengua en vibrantes mariposas de placer.
Cerré los ojos.
- No te quiero-, y un deje de hastío en el tono.
El golpe de su fusta cortó mi rostro por sorpresa, pero entonces ocurrió algo extraño: una telaraña de luz, casi monstruosa en la penumbra, cayó sobre mí. Ángel de la guarda. Comprendí su frialdad cuando, después de cada cita, nuestras carnes se separaban. No era impostada, era hartazgo. Dulce compañía. Entendí sus largos silencios, no eran recogimiento sino vacío. No me dejes sola. Y le creí. Ni de noche, ni de día. Era verdad. No me dejes sola. No me quería.
Les miré. No a los ojos. No me atreví. Que me perdería.
Ví sus bocas, sonriendo. La de Lupe, cuán cruel puede llegar a ser la belleza. La de Pepe, infantil salvo en la mirada obscena. Juntos. Satisfechos.
Sólo dos bestias más en una noche de luna llena.
Era verdad. No me quería.
Y la luz se hizo fuego.
Como si hubiera sentido mi grito silencioso, Linden aproxima mi silla de enferma a la ventana. Permanece tras de mí, callado y sólido mientras miramos caer la tarde de noviembre sobre la tristeza caduca de las acacias.
Imagen: Liliana Sanches
4 comentarios:
¡Qué miedo y qué pena!...
¿Cómo educar a mi hija, a mi hijo, para que tengan un corazón bondadoso incapaz de herir, como lo hicieron con Clara?. ¿Cómo enseñarles a defenderse de aquellos que los engañan y los hacen esclavos de sus propios intereses y deseos, destruyendo su vda?...
Educar, enseñar a no herir, a no esclavizar y no ser esclavos de nadie...
¿Por qué se dejo engañar Clara?...
Quizás porque ella mismo quiso..., desde el principio, Clara sospecha donde va y, a pesar de todo, sigue adelante. ¿Por qué? Ella es una chica de pueblo, criada en un orfanato de monjas en la España de los 50, eso puede explicar algunas cosas, pero sólo eso: algunas cosas.
No sé si he sabido plasmar la tremenda necesidad de cariño que Clara tiene...
Educar a los hijos es de lo más difícil de este mundo. Supongo que algo básico es darles mucho, mucho amor, así se evita el desamparo y todas sus consecuencias. No sé... yo tengo dos hijos y estoy muy orgullosa de ellos, pero también pienso que he tenido mucha suerte, la naturaleza de ambos es buena. Lo que es quererles, les quiero con locura, eso sí.
Gracias por leerme, Ara, de verdad, muchas gracias.
Un beso grande,
Jajaja, y que te dé miedo mola¡, también quería que fuera un cuento de terror¡
Ahí esta la clave, en quererlos con locura, en confiar en ellos, no aprisionarlos y dejarlos volar, aunque se te parta el alma al verlos alzar el vuelo y alejarse...
Si me dices esas cosas me haces llorar. Si te enfadas, me río... ¡Qué curioso!. ¿Verdad?. La coraza está para las ofensas, para las bondades no existen corazas...
Ojalá, Clara, la protagonista de tu historia encuentre alguien que la quiera de verdad y con sus mimos y sus ternuras sane todas las heridas y sepa, que el Angel de la Guarda nunca la dejó, ni la olvidó.
Puestos a imaginar, podias imaginar algo bueno y hermoso para ella, ya está bien de sufrir y no encontrar lo que tanto anhela...
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