3.9.08

La mitad oscura






[De Eclipses]




Una cautivadora penumbra me envolvió como una delicada túnica de seda. En aquella habitación extraña el silencio era el de los claustros por los que tanto suspiré siendo apenas una niña. Como un eco de nostalgia, o quizás de temor, la ya olvidada vocación infantil brotó de algún lugar perdido de mi cerebro, y entonces la oí, la alarma, aunque ya muy debilitada,

-vete, vete ahora mismo-,


pero yo llevaba toda la vida huyendo de cualquier cosa que me recordara mi niñez. Por una vez, no iba a dar la espalda a la puerta que se abría ante mí, por muy oscuro que fuera su interior. Soberbios, necios, pocas veces obedecemos nuestro instinto cuando sus indicaciones no nos resultan gratas a los sentidos.

Ahora lo sé: aquella noche empecé a volverme loca. No se debe jugar con el tiempo. No se debe jugar con lo que es más sabio que nosotros. -Ningún cartón le enseñará al doctor Linden el origen de mis desvaríos-. Este pensamiento me ha arrancado una sonora carcajada que, y eso me hace reír aún con más fuerza, resuena lúgubre en los pasillos silenciosos del hospital.

Ha entrado la enfermera al oírme reír. ¡Es tan joven! ¿Qué hace aquí atendiendo a una pobre loca? Veo sus ojos huidizos mientras me inyecta algo en el brazo. Ni siento el pinchazo mientras disfruto con el terror que le producen mis ojos fijos en ella. Noto como tiembla mientras retira la aguja de mis venas heridas. Apaga la luz desde la puerta. Le doy miedo, lo sé. No es extraño: yo también me lo doy.





-Ponte cómoda y espérame en el salón- y sugirió:- -a los pies del sofá estarás mejor-.

Avance vacilante hacia el enorme salón cuyas paredes estaban completamente cubiertas de grabados, fotografías de bellas mujeres en lascivas y elegantes posturas, iconos eróticos junto a antigüedes asiáticas. Me acordé de Andrés: algunas de aquellas piezas que ahora veía habían sido adquiridas en aRT NeMo.

El ordenador portátil descansaba junto a un incensario de aspecto tibetano sin que la mezcla de objetos en el tiempo desvirtuara la calidez de la estancia. Una amplia librería repleta de obras clásicas que reposaban junto a los autores más contemporáneos y una enorme terraza que rodeaba la gran sala en dos de sus frentes completaban la habitación, con la única nota dispar de que el amplio ventanal carecía de cortinas y la luna llena, rebosante y plena a esas horas de la noche, bañaba de plata toda la escena como un diablo irónico iluminaría la cueva del ángel caído.

Nunca antes me había sentido tan plegada a los elementos naturales como aquella noche, era consciente de ello mientras me iba desprendiendo de cada una de mis prendas. Primero el vestido, de un leve tirón de la cremallera y luego las bragas empapadas, que me dejaron una extraña sensación de ansiedad entre los muslos. Comenzaba a quitarme las medias cuando la voz de Pepe, muy cerca de mi espalda, detuvo mis movimientos:

- No sigas, Clara, quiero adornarte con mis joyas más hermosas-. Sonreía como sólo los dioses paganos saben hacerlo. -Ven-.

Y lo hice: bajé la cabeza y fui hacia él. Hace unos momentos tan orgullosa y ahora, tan vulnerable en mi desnudez, ni siquiera me atrevía a levantar la mirada. Me acerqué lentamente hasta que estuve a su altura. La piel me quemaba cuando Pepe, con la mano que le dejaba libre la pipa que no desprendía de sus dedos, acarició mis pechos, se detuvo en los pezones que pellizcó levemente para, sin detenerse, acariciarlos de nuevo. Gemí. Entonces rodeó mi cintura, acercándome más a él, y me susurró –Abre las piernas para mí, zorra-.

Aquello era una orden y yo le obedecí como si fuera la cosa más natural del mundo. Eso era en aquel momento: una zorra, y él lo sabía y disfrutaba con el placer que el descubrimiento me proporcionaba. Desde aquí, desde el tiempo que es ahora, veo como me retuerzo, su brazo libre me sostiene mientras mi cuerpo se derrama al abandono de sus dedos ágiles hurgando en mi sexo inflamado. Trasteando, ausentes de todo respeto. Sabio, abrazaba la soledad de mi vida y lamía mis lágrimas mientras me acariciaba con cálida avaricia. -Estoy protegida-enredé los dedos en el amuleto que pendía de mi garganta-, pero Pepe ya me lo estaba quitando mientras mordía suave mis lóbulos, mis mejillas, la comisura de mis labios. Su boca tenía el sabor de lo que yo había estado esperando durante toda mi vida.

Quiero volver a reír pero la inyección me ha dejado tan débiles los músculos que sólo soy capaz de emitir una especie de ridículo cloqueo.





Imagen: Jeffery SCOTT


3 comentarios:

Ara dijo...

"...Voldemort no se molesta en comprender lo que no valora. El no sabe ni entiende nada de elfos domésticos, ni de cuentos infantiles, del amor, la lealtad o la inocencia. Nada en absoluto. Porque todo eso tiene un poder que supera el suyo, un poder que está fuera del alcance de cualquier magia; es una verdad que él nunca ha captado."

Página 595 "Harry Potter y las Reliquias de la Muerte" J.K. Rowling

Los pasos que no doy dijo...

Como siempre, no te acabo de entender, Ara, pero me alegra verte por aquí de nuevo.

Un besito,

Anónimo dijo...

creis que jk.rowling saco lo de la conecxion y la cicatriz del libro de stephen king la mitat oscura. hablo de si pudo plagiar la conecxion entre voldemor y harry de la istoria entre thad y GEORGE STAR