22.7.08

El fuego de la vanidad



De Eclipses




No es verdad que lo recuerde todo. He olvidado cómo salí de la librería pero, por el contrario, la sonrisa de Lupe mientras se despedía de Pepe ha quedado fija en mi retina. Algunas noches vuelve a mí, tan insistente como esa otra loca que duerme en la habitación de al lado, la que no para de gritar hasta que consigue que le cambien la ropa, que le adelanten las pastillas o que le apaguen la luz, cualquier cosa, lo que sea, con tal de no quedarse sola. Qué distinta a mí que no ansío otra cosa más que me dejen en paz. Ya sé yo sin que nadie me lo diga que cuando la sonrisa de Lupe aparece en mi cama la pesadilla volverá y despertaré gritando. El doctor dice que las sonrisas que nos hacen daño son las que no pueden borrarse. Tendrá razón, siempre la tiene.

Las que se borran son las otras, la de Andrés por ejemplo,-¡viejo querido! ¿qué habrá sido de ti?- que aparece cada vez más desdibujada en mi memoria. Antes su sonrisa conjuraba a la otra, ahora ya no. La sonrisa de Lupe aquella noche de luna llena ha permanecido inalterable mientras que la de Andrés se asemeja cada vez más a un retal de saldo de la otra vida que una vez viví y que ya no volverá nunca. El doctor dice que estos pensamientos no contribuyen en nada a mi recuperación. No me importa. No quiero recuperarme. ¿Para qué? Fuera tampoco hay nadie que me sonría como Andrés lo hacía.






Aprovechando el pequeño maremoto que la entrada de Magda había propiciado, Pepe, asiendo suavemente mi codo, me guió hacia la puerta. Yo me dejé llevar, sin pensar, sin reparar apenas en los ojos de Andrés mirándome tristes mientras me marchaba. Ahora que veo mis muñecas vendadas y atadas a mi cuerpo me rebelo contra aquellos instantes: ¿por qué Andrés no me detuvo cuando me vio salir aquella noche?, ¿por qué la alarma interior que tan útil me había sido en otras ocasiones calló ante Pepe? Los humanos creemos controlarlo todo hasta que alguien más poderoso que nosotros llega a nuestras vidas y acalla todas las voces que avisan del riesgo. Vulnerables a los fantasmas que nos encadenan somos peones de aquellos que nos invitan a conjurarlos.

Caminaba deprisa junto al desconocido que se movía por aquellas calles como si hubiera nacido en ellas y fue precisamente esa soltura lo que me hizo notar que el hombre no había pasado su niñez allí. Era demasiado elegante para un barrio que sólo hacia unos años que se había puesto de moda entre la gente guapa de Sevilla, aunque no tantos como para olvidar que aquellas calles y sus casas blancas y -¡por fin!- bien forjadas (y por las que ahora se pagaban millonadas), eran el hogar de la clase trabajadora, de los que se levantan a las seis de la mañana para irse al tajo o a la fábrica, algo que ni Pepe ni Lupe podían imaginar siquiera.

Permanecía silencioso mientras caminaba. Ni un solo momento desprendió su mano de mi brazo, no por miedo a que escapara sino imponiendo su camino y permitiendo que mis pensamientos fluyeran libres, aunque sin aminorar el paso. No pregunté donde íbamos, era un detalle que carecía de importancia.

No podía dejar de mirarle a hurtadillas, sintiendo el calor de sus dedos tan masculinos sobre la piel de mi brazo, era un hombre tan atractivo, ojos grises, nariz romana y una boca lasciva que se curvaba en una sonrisa casi infantil y misteriosa a la vez y que parecía no responder a una causa determinada, no me podía creer que un hombre así se hubiera fijado en mí, toda la herencia de la chica de pueblo que yo era cayó sobre mí en aquel paseo, pero a él parecía darle igual todo, tan acostumbrado a esas frivolidades que le eran ajenas, se movía seguro de sí, mirando al frente, ágil entre los pequeños grupos que, a la luz de la luna, se reunían en una de las últimas noches cálidas del año.

Algunas mujeres se volvieron y me miraron con envidia y ante esas miradas que el hombre levantaba a su paso yo me sentí poseída de una extraña sensación a la que no estaba acostumbrada. La vanidad esponja nuestros gestos y los suaviza, creemos que nuestra garganta es la del cisne y nuestra espalda la del caballo aún sin domar, los pies se vuelven ligeros y parecen adornados por pequeñas notas musicales, audibles sólo para nuestro corazón. La vanidad nos embellece y a los humanos, pobres ignorantes de sus consecuencias, eso es lo único que nos importa.

Levanté la barbilla con orgullo y le miré: también él me miraba, llevaba una mueca extraña en la boca y supe que se reía de mi engreimiento, lo que me avergonzó. -Clara querida, disfrútalo- susurró en mi oído. Su aliento era cálido y suave. Mientras lo decía sus dedos acariciaban mi brazo, tan lentamente que ahogué un gemido. Lupe tenía razón, llevaba demasiado tiempo sin un hombre.

Pues bien, ahora iba con uno que había conocido esa misma noche y a sabiendas de que algo iba a cambiar decisivamente en mi vida. Lo sabía con la tranquilidad de lo que se sabe predestinado, como si todo lo vivido en los últimos meses no fueran más que las señales que me habían conducido hacia esa puerta blanca y pulida ante la que nos detuvimos. Mientras la abría susurró algo sobre el olor de la casa y me invitó a pasar. Me invadió un ambiente de incienso, tabaco de pipa y silencio.

Sólo entonces, mientras cerraba la puerta, Pepe aflojó su mano de mi codo.



Imagen: Ken Marcus