11.5.08

El comienzo

La delicia y el perfume de mi vida
es la memoria de esas horas
en que encontré y retuve el placer
tal como lo deseaba.
Delicias y perfumes de mi vida,
para mí que odié
los goces y los amores rutinarios.

(
Kavafis)






Noviembre de 195...


Recuerdo aquella noche con todo lujo de detalles. Ni uno sólo de ellos he olvidado.

Tal vez, y sólo tal vez, esas sombras ya no me atormenten como entonces, ni me agarre a su memoria como hice durante tanto tiempo después. No creo en ellas y, sin embargo, aún las evoco, no sé si como un sortilegio, un a modo de mantra contra pastillas e inyecciones, o como una maldición que me acompañará siempre.

Ya no importan lo porqués, ahora sólo me importa que cuando en la soledad de esta cama de hospital convoque a los fantasmas de aquellos días aún pueda revivir, con los dedos trémulos del deseo, ahora inútiles, aquellos ligeros perfumes que los acompañaron,

aquellas voces que se han ido haciendo cada vez más somnolientas y lejanas en mi memoria y que ahora parecen haber estado allí sólo para servir de escenario a un drama en el cual yo iba a ser la protagonista.








Me costó convencer a Andrés, el anciano librero que tanto me había ayudado cuando llegué a la ciudad, de la necesidad de remodelar su vieja librería dedicada al arte, o eso decía él a pesar de que no todo lo que se vendiera allí lo fuera. Tras muchas dudas y vacilaciones el pobre viejo había aceptado, aunque no dejó de refunfuñar ni uno solo de los días de aquellas larguísimas semanas que duraron las obras. Le había oído maldecirme, náufrago aferrado a un bastón de madera vieja, sorteando cascotes y ladrillos, pero por fin las obras habían acabado y no podía negarme que le gustaba el resultado.

Me sentía satisfecha y ebria de vanidad ante la mirada complaciente de Andrés y de los conocidos que poco a poco iban llenando la espaciosa sala. Ya no quedaba nada del antiguo local. Bueno sí, quedaba la señorial y decrépita fachada que lo sustentaba, pero eso no me importaba, más bien al contrario: precisamente la fachada recogía todo el espíritu de la tienda. Fuera lo que fuese ese espíritu por fuera, al menos el local ya no parecía el cubil de un alquimista encorvado sobre pócimas y redomas. Ahora los motivos orientales dominaban sobre los viejos mapas que antaño lo decoraron, y las obras de los grandes artistas disponían por fin de un lugar de honor donde antes sólo había polvorientos estantes. Las bellas siluetas de aquellas obras contrastaban con la blancura de las paredes,

una tenue luz caía sobre los cuadros y acogía cálidamente a los visitantes.

Era lo que yo había querido.

Aquella hermosa sala era mi obra.

Sí, había trabajado mucho aunque, con todo, lo peor había sido convencer al viejo, hombre introvertido, para celebrar aquella pequeña fiesta, maldita sea la hora, como la excusa perfecta para dar a conocer a los viejos amigos las nuevas reformas y hacer negocios. Esto último fue lo que le convenció definitivamente.

- Andrés, viejo querido, ojala estuvieras aquí, ahora, junto a esta cama blanca y áspera, para abrirme esa ventana de herrumbre y hollín y no cerrarla nunca más...







La noche era perfecta. Otoñal y, sin embargo, cálida. Traía en el aire el recuerdo de los naranjos. Ahora sólo un pequeño y enrejado trozo de cielo ilumina mi cama las noches de luna, la misma luna de aquella otra noche, vigía de mi destino tras el cristal por el que yo esperaba la llegada de los invitados.

Me sentía hermosa y extrañamente tranquila. No pude por menos de sonreír ante el recuerdo de mi propia imagen la tarde en que llegué a Sevilla con una pequeña maleta en las manos y unas enormes ansías de transformar mi vida. -Cuánto he cambiado desde entonces- me dije satisfecha. Y era cierto, nadie en el pueblo me hubiera reconocido en aquel momento. ¿Quién hubiera asociado a la niña mocosa y descalza que corría por los callejones como un gato, con la mujer que yo era aquella noche, tan elegante en un impresionante vestido negro de corte perfecto y sin un solo adorno. No me hacían falta. Unos zapatos, a juego, de un tacón que hubiera sido imposible para mí apenas unos meses atrás, realzaban mis tobillos.

Mis piernas se envolvían en unas delicadísimas medias negras...

No había abandonado mi amuleto, la única joya que rodeaba mi garganta. Nunca lo hacía: era mi única protección, tanto es así que estoy convencida de que a pesar de toda la realidad que caería sobre mí pocas semanas después, mi destino se torció el día que perdí mi talismán en aquella casa, callada y lejana, en la que tan sólo un ruido de trenes cercanos rompía su somnoliento vagar.


La casa de Pepe Cruz.

No quiero adelantarme, no tengo nada qué hacer esta tarde y mis recuerdos deben durarme hasta que llegue la enfermera con sus pastillas y su monocorde sonrisa. Nadie vendrá a visitarme, fuera hace demasiado frío,

y dentro de mí también.







Poco a poco la librería fue llenándose de gente. Una extraña mezcolanza de personajes a los que yo conocía en su gran mayoría: clientes, amigos de Andrés, algunos con sus amantes, otros solos, ninguno con sus esposas. Fetichistas ricos y ociosos que buscaban un glamour distinto y excitante en aquella tienda.

Lupe fue la primera en llegar dejando su estela de suavísimo perfume y sólida personalidad. El padre de Lupe había sido un gran amigo de Andrés así que ella sólo me había aceptado en su vida cuando comprobó que yo nunca le haría sombra en aquella casa. Hice lo contrario: le di mi confianza, a Lupe era mejor tenerla de amiga que de enemiga, la gente del pueblo aprendemos enseguida eso de los demás. Aquella noche no venía sola. Le acompañaba un hombre que, por primera vez desde que yo la conocía, parecía estar a la altura de su fuerte personalidad.

Se dirigió directamente a mí con su espectacular sonrisa y una boquilla entre los labios perfectamente maquillados. El hombre la seguía sin dejar de mirarme, lo que echó por tierra parte de mi seguridad inicial de aquella noche. Me lo presentó como Pepe Cruz, un prestigioso médico y -... un atractivo hombre-, acerté a oír las palabras de Lupe aprovechando el beso de saludo. La conocía lo suficiente como para saber que no daba puntada sin hilo así que no dudé que si le había traído a la fiesta era porque tenía algún plan.

Más tarde supe que yo era el plan. Pero entonces ya era demasiado tarde.


(De Eclipses)






Imágenes: TOULOUSE-LAUTREC

4 comentarios:

Ara dijo...

¡Ojalá no le ocurra, lo que le ocurrió a Camille Claudel con Rodin!.. ¡Ojalá!

Los pasos que no doy dijo...

Es curioso que mi fragmento te haya recordado a Camille Claudel, pero más curioso que pienses que Pepe Cruz se parece a Rodin...

La atracción por lo fatal... ¿no crees?

Ara dijo...

Lo curioso sería que tus cuentos y tus historias no me recuerden a amores de esos que dan miedo... Tus historias son tormentosas, pasiones donde no se puede pensar, que te conducen al juego, a la locura, al suicidio... Se parecen a la droga que mientras la consumes no te das cuenta que te está destruyendo. Tus historias son de esas que cuando eras pequeña,los mayores te decían, Dios te libre de esos amores... Nadie estaba libre de encontrarse con semejante tragedia. Pues eso, tus historias me parecen de esas y ojalá todo sea fruto de tu imaginación o de la mía y nada sea verdad.

Ara dijo...

Los pasos, frente a la atracción por lo fatal existe la voluntad.

"Nunca sospechó que algo así pudiese morar en su interior, un nucleo duro de confianza en sí misma que ni siquiera las Siete Puertas podían doblegar" La Reina de la Nieves.