28.7.07

Tercia (3)


Dedica buena parte de las mañanas a vagabundear por la ciudad y a detenerse en sus rincones. Siempre le gustó la lluvia, caminar sin rumbo por las calles, aislarse del resto de los transeúntes bajo su paraguas.

Recorre las callejuelas del centro de la ciudad con los sentimientos divididos. A veces nostalgia -en aquella tienda con el escaparate lleno de caramelos me tiene hecha mi padre una foto-, una niña de apenas dos o tres años y un vestido de terciopelo rojo y lazos blancos, del que recordaba perfectamente el tacto a pesar del tiempo transcurrido. Sin embargo, apenas en esos detalles se reconoce en esa ciudad, tan llena de voces y sonidos extraños.

Y tan fría.








Visita a su madre todas las mañanas, escrupulosa y disciplinadamente. Visitas de compromiso que la dejan siempre un sabor amargo en la boca. La más de las veces la madre está dormida o, al menos, lo finge y Clara lo prefiere así.

Algunas tardes en las que la lluvia arrecia, se queda en la pensión para acercarse a la cocina, atraída por el olor de las castañas y los boniatos que Virtudes asa. Es la única que cocina en esa casa, así que Rosa sabe que debe estar limpia como si de un recinto sagrado se tratara. –Para eso me he gastado lo que me he gastado en esta cocina “electromagnética”- como suele llamar la vieja a la vitrocerámica que reluce como la plata bajo los atentos cuidados de la criada.

La simpatía que se cruzó entre ambas la noche que Clara llegó se afianza con el trato mutuo y el roce diario. Su corazón se libra de un gran peso, acumulado durante años, cuando le cuenta a la anciana trozos de su niñez en Sevilla, de cómo Rafael se la llevó el mismo día que murió su padre, de lo extrañada que se había sentido, sí, sí, pero también del alivio que había experimentado al salir de aquella casa donde sólo quedaban su madre y un hermano que llegó a su vida cuando apenas contaba cinco años de edad. Le habla de su matrimonio con Eduardo. De la falta de pasión que siempre había sentido hacía él, hacia nadie en realidad. Del gran error que fue casarse por el único motivo –lo supo cuando nació Ángel- de demostrar que ella, tan callada y ausente, tan rara, como decían todos, la sobrina del zapatero, solterón y un poco mariquita, era capaz de formar una familia como los demás.

No habían vuelto a mencionar al hijo muerto de Virtudes pero hablaban mucho sobre Ángel y los buenos consejos de la anciana aplacaban la ansiedad que Clara sentía ante la falta de respuesta a sus mensajes.

-No le pasa nada, no te preocupes, si le ocurriera algo serías la primera en enterarte-. Mientras hablan, doblan las sábanas limpias que Rosa ha dejado sobre una de las sillas. Le encanta ese olor a limpio. A pesar de su angustia reconoce que Virtudes tiene razón. Eduardo, un hombre comodón y egoísta, hubiera sido el primero en ponerse en comunicación con ella si la convivencia con Ángel le supusiera el más mínimo estorbo. Claro que también conocía a su hijo y sabía que es incapaz de pedirle que vuelva, que no aguanta más las tonterías y “pamemas” de su padre.

Rosa, que suele estar con ellas, asiste en silencio a las conversaciones. A veces, como ahora, asiente con la cabeza a lo que dice la anciana, saca su arrugada fotografía de uno de los bolsillos de su delantal y se la enseña con un apretón amistoso en el hombro. Tampoco sus hijos están con ella en Madrid. Un par de mozalbetes recién salidos de la niñez, morenos y fibrosos que sonríen a la cámara con ojos infantiles y una sonrisa cansada, madurada al calor de las fatigas y la pobreza de la que su madre intenta sacarles a golpe de bayeta y fregona, a miles de kilómetros de su pequeña casita de adobe y barro. Una gran parte del dinero que Rosa se gana limpiando en varias casas de la zona va para que cuiden bien de sus hijos.

Virtudes desconfía que ese dinero llegue a los hijos de la ecuatoriana: -Estoy segura de que cuando Rosa vuelva a la aldea, sus hijos seguirán viviendo en las mismas condiciones. No habrán mejorado nada. Su dinero sólo habrá servido para pagarle las juergas a aquel marido que no ha querido acompañarla en su viaje a la madre patria-, lo dice con rabia y tristeza. Aprecia sinceramente a Rosa y siente como propias las penurias y la soledad que mordisquean a aquella mujer tan parecida a sus hijos en la sonrisa tierna y fatigada que nunca se borra de su rostro.


Tercia (2) en CAPÍTULO IV - Tercia (2)



Imagen: Hiroshi Watanabe / ART & KAMERA